domingo, 1 de noviembre de 2009

1 de noviembre en Eslovaquia


1 de noviembre. Día de todos los Santos. Esta fecha despierta en mí numerosos recuerdos. En mi casa este día es todo un acontecimiento. Una semana antes mi madre desaparece de casa y se pasa todo el día en el cementerio, limpiando y pintando los nichos. El ritual de las flores. Las velas. Ésas rojas de las de toda la vida (aunque este año mi padre se ha modernizado y ha comprado unas con "capucha" para que el viente no se las apague). La misa de las cinco en el cementerio. Y los zapatos nuevos.

Para la niña que fui, el día de los Santos era el día de estrenar los zapatos de ese invierno y la ropa para salir "de paseo". Había dos épocas al año para estrenar: el día de los Santos y la Feria. El resto del año siempre llevaba (y aún llevo) la ropa de mi prima Almudena. A la que casi no conozco, pero que ha nutrido mi armario desde que era un bebé.

Para la adolescente que fui, el día de los Santos era un ritual más. Una tontería autoimpuesta de los adultos. ¡Y ese pastizal en flores para nada!.

Para la semi-adulta que pretendo ser, hoy ha sido un día especial. Quería comprobar cómo era el Día de los Santos en otro país. Me he levantado y me he ido a visitar los cementerios de la ciudad. Ninguna novedad. Flores. Velas. Trasiego de gente. Todo aparentemente como los Días de todos los Santos de mi infancia.

Familias que limpian las tumbas. Ramos de flores gigantescos. Y gente rezando. Eso sí me ha llamado la atención. La gente ya no reza. Va al cementerio, visita a los suyos, charla con el vecino, pero no reza. Sin embargo, aquí he visto a bastante gente rezar. Y eso, les parecerá una tontería pero así es, me ha reconciliado un poco con la fiesta. Me he acordado de los zapatos nuevos, del olor de las velas, de las misas de cinco en el cementerio y el mundo, de repente, me ha parecido más humano. Como si al honrar a los muertos, honrasemos lo que ellos nos dejan, lo que somos gracias a ellos. Y, de repente, la fiesta ha dejado de parecerme triste. Y hasta me han dejado de parecer absurdas las flores. Y he llorado al recordar a aquellos que no tienen quién les llore. Y me he acordado de los republicanos, fíjense. He pensado en las fosas comunes y en lo bonito que sería que dejaran de ser comunes y tuvieran un nombre y una fecha en una tumba que limpiar y a la que llevar flores. Y allí, en ese cementerio de Stará L'ubovña, tan lejos de casa, de repente he sentido que tenía algo en común con la gente que estaba allí y con todos aquellos que en todas las culturas de una manera u otra honraron a sus muertos. Porque, como diría Manrique, "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir" y de ésa no nos libramos ninguno.


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