De pequeña siempre me fascinó ese tipo de película estadounidense en la que alguien está muy deprimido y llega un ángel de la Navidad y le enseña cómo hubiera sido la vida de los que lo rodean si él no hubiese existido, entonces el tipo en cuestión se daba cuenta de lo errado de su planteamiento y era inmensamente feliz. Me pasé la infancia y parte de la adolescencia esperando ese espíritu navideño que nunca me visitó. Hasta ayer.
No fue un ángel al modo estadounidense (guapísimo y con traje y corbata elegantísimos), pero fue un ángel sin duda.
Anoche fui con unos amigos a ver una obra de teatro sobre la Navidad. Hasta ahí todo normal. Lo especial eran sus actores: personas con algún tipo de enfermedad (o discapacidad, llámenlo como más les guste) mental.
Ninguna idea preconcebida. Sentarme. Ver la obra. Tal vez reírme un poco si conseguía entender algo de esta lengua. Ninguna expectativa. Y, sin embargo, acabó convirtiéndose en una de esas experiencias vitales que le hacen a uno replantearse quién es y qué demonios está haciendo.
En la obra los actores iban saliendo uno a uno al escenario trayendo una cosa al pesebre para poco a poco ir construyendo un nacimiento un poco peculiar. Los objetos eran de lo más variado: velas, luces, ropa, flores, ángeles e incluso la luna. Lo especial del asunto era que en cada objeto traían además su sonrisa, su esfuerzo, su tesón, sus ganas de vivir y de luchar. Allí estaban ellos, adultos, enfermos, en un mundo que les era totalmente ajeno, pero al que no querían renunciar. Os aseguro que fue algo muy emocionante. No podía contener las lágrimas al imaginar las miles de historias que había detrás: la familia, el rechazo de la sociedad, su valentía, las horas de ensayo, etc.
Al final de la obra, salían al escenario con alas de angelitos. Y, realmente, lo son. Yo los miraba y mientras secaba mis lágrimas pensaba: “querer es poder”, ellos son el vivo ejemplo de eso.
Y compartir su alegría cuando la gente les aplaudía a raudales fue hermosísimo.
También pensé en algo que me dijo una persona no hace mucho: “¿te has fijado que casi no hay niños con síndrome de Down? Como se detecta pronto, la gente prefiere abortar”. No quiero adentrarme en este tema ni mucho menos juzgar a nadie, no es mi intención; pero pensé: cuánto tenemos que aprender nosotros, “los normales” de esta gente e imaginé ese mundo a lo Huxley en el que todos seríamos perfectos y “felices” y me dio escalofríos. Y recordé al chaval con síndrome de Down que se convirtió en el primero con su enfermedad en tener un título universitario. Y en una de las entrevistas tan maravillosas que dio cuando rodó la película. Lo oía diciendo que le hacían la entrevista porque era Down y eso no le gustaba porque significaba que no la integración de los Downs no era real.
Y, de repente, me miré al espejo y me vi cansada y triste por cosas estúpidas, derrotada antes de emprender la marcha, fracasada sin ni siquiera haber empezado la primera batalla. Y pensé: cuánto tenemos, cuánto tengo que aprender. Y aún lloro al escribir estas líneas.
Lo que narras es realmente grandioso. Como podemos tenerlo todo y quejarnos como nos quejamos... Asi es el ser humano en la época que nos ha tocado vivir. Me alegro que esta experiencia sirviese para darte fuerzas y continuar tu camino. Nunca olvides a esos actores en tus momentos de flaqueza.
ResponderEliminarUn beso.
Miguel L.