miércoles, 14 de octubre de 2009

Stará L'ubovna y el Rocío

La nieve no ha dado tregua desde anoche. Todo en Stará L’ubovna, incluido el castillo, es ahora blanco. Con este tiempo, uno mira por la ventana y es difícil que pueda encontrar alguna conexión con Sevilla. Sin embargo, la hay.
La conexión se llama Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón, hija de Maria de las Mercedes de Borbón y Habsburgo, (hija de Alfonso XII y Maria Cristina) y del Infante D. Carlos de Borbón y Borbón (hijo de los Condes de Caserta., de la dinastía del Reino de Nápoles y de las Dos Sicilias).
La historia de Isabel está profundamente ligada a Sevilla y a Stará L’ubovna. Sevilla es la ciudad de su infancia y de su vejez. Stará L’ubovna es el lugar de su vida adulta, de sus años felices de matrimonio.
Tres años después de la muerte de su madre, su padre contrae segundas nupcias con la infanta Dª Luisa. Corría el año 1907. La familia se traslada a Sevilla donde Isabel y sus hermanos estudian en Las Irlandesas de Sevilla y en Castilleja de la Cuesta. Los veranos de aquella época transcurrían entre San Sebastián y Chipiona.
El año de la primera exposición universal de Sevilla, 1929, Isabel contrae matrimonio con el conde polaco Jan Zamoyski. La familia de Zamoyski poseía el castillo de Stará L’ubovna desde 1833 y a él se trasladó la joven pareja después de la que sería la última boda real antes del exilio de Alfonso XIII. A la boda asistió la familia real al completo (los reyes fueron los padrinos del enlace), entre cuyos miembros se encontraba el joven infante Juan, que por aquel entonces contaba con 16 primaveras, padre del actual Rey Juan Carlos.
Sevilla, tan amante de la alta sociedad como es, regaló a la infanta un broche de oro con el símbolo de la ciudad con motivo de tan feliz acontecimiento. Además, el novio vestía el uniforme de maestrante de Sevilla con la banda de Carlos III.
Una vez en la fría Eslovaquia. Lejos del Guadalquivir y del sol andaluz, Isabel y Jan se dedican a rehabilitar el castillo de Stará L’ubovna (por cierto, “Stará” en eslovaco significa “vieja” y “L’ubovna” era el apellido de los primeros dueños del castillo). Hoy se pueden visitar diversas salas del mismo con los enseres de la pareja, árboles genealógicos varios y una foto de Alfonso XIII que mira curioso al visitante de tan lejanas tierras.
En aquella época sus vidas transcurrían como transcurre todo en Eslovaquia, de forma tranquila y feliz. También ellos miraban por la ventana y veían este manto blanco que hoy lo envuelve todo. Claro que a diferencia de quien escribe estas líneas, ellos lo hacían desde un entorno privilegiado como es el castillo. Rodeados de bosque, con el fabuloso milagro de la naturaleza por doquier. Y no desde un piso de la era soviética rodeado de esos engendros de edificios que nos legó.
Pero, volviendo al tema. Los Zamoyski vivían tranquilos en tierras eslovacas hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial. La GESTAPO no tardó en aparecer y con un conde de origen polaco por en medio, figúrense. Después llegaron los rusos y la cosa se puso aún más fea. Así que, con ayuda diplomática, consiguen viajar a Suiza y desde ahí a Sevilla. Los condes llegan a la capital hispalense el 18 de abril de 1945, en plena Feria de abril, todo muy castizo, como ven.
La carretera de Carmona será su siguiente hogar. La Huerta de Santa Elisa (vaquería incluida) les proporciona un medio de subsistencia en aquellos años difíciles. Pero, claro, un conde sin castillo pues como que se siente menos conde, así que se le agrió el carácter, empezó a beber y se fue a Francia. A vivir de lo que producía la vaquería, pero a bastantes kilómetros de Isabel.
Sin marido, sin castillo y sin dinero, la Infanta se volcó en la fe. Era muy devota de la Virgen de los Reyes y de la Blanca Paloma. Iba al Rocío todos los años, como ya hicieran su padre y su madrastra.
Miembro de la hermandad de la Esperanza, regaló a la Virgen el broche de oro que la ciudad de Sevilla le había regalado a ella en el día de su boda (supongo que un poco por devoción y un poco porque sin el conde ya no era lo mismo). Aún hoy la Blanca Paloma sale con este broche los días grandes.
Y poco más, la historia de nuestro personaje acaba un 18 de julio de 1985 en una Residencia de Madrid a la que se retiró antes de morir.
Fuera sigue nevando con mucha intensidad. Sevilla está lejos. El Guadalquivir, las Marismas, el polvo del camino, todo está lejos. Tan lejos que casi parece irreal. Y, sin embargo, a través de la historia hay un hilo que une este frío con ese calor. Extrañas coincidencias.

2 comentarios:

  1. Cuanto menos curiosa, y tu pensando que eras la primera andaluza que ibas a eslovaqui, jejeje, el mundo es un pañuelo. Un besazo preciosa

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