martes, 26 de enero de 2010

Blind Mountain o cuánto vale una vida

Me estremecieron mujeres
Que la historia anotó entre laureles
Y otras desconocidas, gigantes
Que no hay libro que las aguante

Silvio Rodríguez





¿Cuál es el valor de una vida humana? ¿Cuál es el valor de una mujer? Ambas son preguntas recurrentes en mi imaginario. Acostumbrada a manejar información sobre lugares en los que ninguno quisiéramos vivir. Estremecida con los relatos de Anna Politkovskaya sobre Chechenia (donde la vida vale menos que nada) o con las noticias que llegan de Palestina, a menudo me pregunto cuánto vale una vida. Sensibilizada con la violencia de género quisiera saber qué piensan esos hombres de las mujeres a las que pegan y, muchas veces, matan. A menudo la respuesta es terrible para esa gran vanidad que tenemos en occidente: la vida no vale nada. Es cierto que en algunos sitios vale más que en otros, pero lo del valor de la vida es algo bastante narcisista y bastante moderno (a la vez que capitalista, se nos respeta en tanto que consumidores potenciales para alimentar la rueca infinita del sistema, la superestructura es la que nos concede el privilegio de “vivir tranquilamente”). No valemos nada, aceptémoslo.

“Blind Mountain” (2007) es una película china del director Li Yang que debutó en 2003 con Blind Shaft (una película que denunciaba los peligros de la industria minera y que fue prohibida por la Oficina de Cine de Pekín).

La historia es sobrecogedora. Una muchacha que acaba de terminar la carrera y es “contratada” por una empresa de medicamentos. Van a un pueblo a comprar algunas hierbas. Ella bebe un vaso de agua y cuando despierta se da cuenta de que la han secuestrado. Su supuesto jefe la ha vendido a un lugareño bastante rudo y primario (que viene a ser lo mismo que primitivo en según qué casos). A partir de ahí todo es un calvario. Los intentos de escapar siempre acaban frustrados y todos en el pueblo están confabulados para no dejarla ir: el cartero, la autoridad local, los vecinos, la madre del marido, todos. Algo realmente angustioso. Es golpeada, violada, maltratada. Como millones y millones de mujeres en todo el mundo a lo largo de todos los siglos.

El final me ha recordado a mis clases de literatura española en la carrera. Al igual que en Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre el narrador usa la “ironía dramática” para anticipar el final. Un final abierto, cinematográficamente perfecto, demoledor, inquietante y a la vez liberador. Por supuesto, no lo desvelaré, pero aseguro que no deja a nadie indiferente.

Después de eso, uno se queda mirando fijamente la pantalla, paralizado por lo que acaba de ver y se pregunta: ¿qué concepto tiene la humanidad de sí misma?, ¿qué piensa uno cuando compra y veja a un semejante?, ¿qué placer existe en poseer un cuerpo a la fuerza cuya mente no te pertenece ni te pertenecerá nunca?, ¿qué es una mujer en la mayoría de sociedades?, ¿una paridora de hijos?, ¿qué impulsa a los hombres (y esta vez no es el masculino genérico el que uso) para desear “poseer” (con toda la carga peyorativa que podamos ponerle al término) a un ser humano?
La protagonista pone todo su esfuerzo, toda su voluntad en salir de ahí, en escapar de ahí. Todo es inútil. Y yo me pregunto, ¿hay posibilidad de escapar de determinadas situaciones? Los más optimistas me dirán que sí, pero, sinceramente no lo creo.

¿Puede un palestino hacer algo para librarse de Israel?, ¿puede hacer algo un checheno contra los abusos rusos?, ¿puede una mujer afgana ser algo más que un objeto?, ¿puede hacer algo un niño indio que es raptado para “trabajar” como mendigo? A este respecto aún recuerdo las angustiosas ganas de vomitar que me produjo Slumdog millionaire cuando ciegan al niño.

La vida no vale nada, especialmente si eres pobre, niño o mujer. Desgraciadamente eso no está en la agenda-setting y nadie habla de eso. ¿Qué nos importa la vida de un niño congoleño convertido en soldado? Nos importa el coltán para nuestros ordenadores y nuestros móviles de última generación, el niño no es absolutamente indiferente.

Pero no hace falta irse tan lejos. Hace unos días, en Granada, un hombre arrojaba lejía a la cara de su pareja. ¿La pena? 30 días de trabajo comunitario. ¡La cara de una española del siglo XXI vale 30 días de trabajo comunitario! Hombre, es algo más de lo que vale la vida del niño-soldado de Congo, pero permítanme que me ría de los que defienden el valor sacrosanto de la vida. Aunque mi risa sea demoledora, inquietante y a la vez liberadora, como el final de Blind Mountain.

2 comentarios:

  1. Buenas,
    Vaya entrada optimista... ¿eh?

    Si estoy de acuerdo contigo en muchas líneas e ideas de este texto, excepto ,y fundamentalmente, en esa afirmación tajante de "no valemos nada".

    Es cierto, que para esa gran superestructura con vida propia donde lo que más importa son las "grandes finanzas" valemos 0 o, mejor dicho, nuestro precio es nuestra capacidad adquisitiva dentro del sistema.

    Pero también he de decir que cuando estoy con amigos, familia y si te descuidas con algun animal domestico querido, siento que valgo, que importo, por lo menos para ellos.

    Por otro lado, lo que ocurre más allá de las fronteras de casa, cómo no nos pasa a nosotros y ya nos hemos acostumbrado a estar comiendo sopa mientras pasan cadaveres por la tele, parece que no nos afecta nada. Y digo parece, porque a mi por dentro la sopa me acaba sentando mal más de una vez y seguro que no soy la única.

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  2. Por cierto, a ver si puedo ver la película pronto, que parece bastante interesante.

    Un abrazo.

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