martes, 12 de enero de 2010

Percances viajeros

Los dioses del panteón griego solían divertirse en el Olimpo a base de los pobres mortales. Siempre me ha impactado ese Poseidón enfadado soplando para que la barca de Odiseo se perdiera y tardará una eternidad en volver a ver a su pobre Penélope teje que te teje. Pues algo así, no tan grandilocuente ni tan mítico (y por supuesto no pasará a la historia de nada más allá de estas líneas), es lo que me ha ocurrido a mí al ir a España y al volver.
La ida se presentaba complicada. El termómetro marcaba entre menos diez y menos quince y tenía que esperar dos horas en una estación en obras bastante fría. Conté la situación con mucha pena y mi organización decidió que me llevase el conductor de la misma a una de las ciudades en las que tenía que hacer uno de los múltiples trasbordos. Así que allí estaba yo, una española de pro (y del sur para más inri), a unos menos 15 grados, con la nieve por el tobillo, a las 3 y media de la mañana, con más capas que una cebolla. Salí, había un bordillo cubierto por la nieve y pataplas: Antonia al suelo con todo el equipamiento incluido. Primera en la frente. Afortunadamente, el conductor llegó a su hora. Pero nevaba de manera consistente (a lo mejor para los lugareños no era nada, pero para mí fue la nevada más grande de la historia). Cuando quedaba una hora para que saliera el tren, estábamos a unos 60 kilómetros de distancia e íbamos a 30 por hora con dos coches delante que no nos dejaban avanzar. Yo, como no soy histérica ni nada, estaba con un ataque terrible, además del pie izquierdo totalmente congelado, pese a las medias, los calcetines y las botas. Por suerte, vino el señor quitanieves (lo siento, pero no me dio tiempo a comprobar si era Homer) y pudimos adelantar a las tortugas. Al final llegamos con 20 veinte minutos de antelación a la estación. Aunque, claro, eso de que llegamos a la estación es bastante relativo. El conductor me dejó a unos 20 metros porque no sabía muy bien dónde estaba. Yo no había andado entre tanta nieve en mi vida. Me movía muy despacio, estaba congelada y era incapaz de encontrar la entrada de la dichosa estación. No sé ni cómo logré llegar y comprar el billete. Me monto. Y este viaje bien, sin sobresaltos. Llego a Kosice. Hago una cola para comprar el billete: allí no es. Lo compro. Me voy para las vías: andén 3. Y cuando subo al andén 3, había varios andenes y un cartelito “3-4-5-6” sin especificar cuál era cada uno. Quedarían cinco minutos para que saliera el tren. Probé de derecha a izquierda: ¡y funcionó! Me monto en el tren, me esperaba un largo viaje hasta Budapest. Me pongo a leer. Todo bien. Dentro se estaba calentita. Así hasta las 9 y media (el tren debía llegar a las 10). De repente, el tren se para. Al principio una piensa que es una parada rutinaria. Los cinco primeros minutos mosquean. Al llegar los diez, una se inquieta. A los quince viene la revisora con cara de circunstancia y empieza a hablar en húngaro (que no se parece ni por asumo a ninguna de las lenguas que conozco). El resto de pasajeros pone cara de circunstancia también y yo de “no me entero de un carajo”. Le pregunto si habla inglés y se va. Al rato viene un chaval joven y me dice: “el tren tiene problemas técnicos, no se sabe cuántas horas vamos a estar aquí”. Se me debió quedar cara de gilipollas: ¿horas? Madre de dios, qué angustia. Efectivamente, pasó una hora, hora y media y el tren echa a andar. Aún tenía una esperanza. A dos kilómetros de Budapest, el tren vuelve a parar, vuelve a venir la revisora: coged un autobús. La compañía nos deja en mitad de la nada húngara sin hacerse cargo de nada y sin preocuparse de los viajeros. Yo llorando, claro. Me acerqué al chaval que hablaba inglés y resulta que le había pedido un taxi a unos griegos que iban para el aeropuerto. Tres griegos con tres megamaletones. Llega un taxi, un Mercedes, pre-soviético por lo menos, con un minimaletero: una de las maletas en el asiento de atrás, una griega sentada encima de la otra, el griego, en el asiento delantero yo, con mis cosas y un macuto del griego. Para vernos. Porque encima no teníamos ni un florín húngaro. Yo salía de la Terminal 1 y ellos de la 2. El taxi, como buen taxista, en lugar de dejarme en la 1 y llevarlos a ellos a la 2, los llevó a ellos a la dos y luego a mí, así que me tocó pagar por partida doble. Llego al aeropuerto, hago mi cola para facturar, el tipo era bastante borde, entro, avión con retraso. Cuando por fin llega, como los asientos no estaban numerados, la gente poco menos que pegándose por entrar. Autobusito de las narices. Llegas. Dónde te pones. Al fin, me siento. Una familia de pedantes detrás que no paran de dar la lata en todo el viaje. Y un tipo superosea a mi lado con cara de pocos amigos. El peor viaje en avión de mi vida. Cuando llegué a Madrid, fui directa a la fuente. Llamé diciendo que estaba viva y me senté en el suelo a llorar durante un buen rato. Después todo fue sobre ruedas. Cuando el autobús Madrid-Córdoba paró, entré al bar y sonaba “algo se muere en el alma” os prometo que se me saltaron las lágrimas y todo.
La vuelta no fue menos tranquila. El bus bien, el metro bien, encontrar la Terminal y el embarque bien. Todo bien. Pero yo iba a pasar el fin de semana en Budapest y mi acompañante tenía que venir de Sevilla (el avión de Sevilla con retraso, claro). Le digo a la muchacha del embarque la situación y me dice: “pues si no llega a tiempo tiene que comprar otro para mañana”. Y yo le digo: “pero hombre, si tenemos el hotel reservado”. “Imagino, pero no puedo hacer nada”. Al final, conseguí que hablara con la supervisora. Me dijo que me pasara a las 19:15 (el embarque cerraba a y veinticinco). Mi acompañante llegó, pero a la Terminal 4 y justo a y 25 apareció en el embarque (como en las pelis). Quedaban diez minutos para el embarque, pasamos el control: quitate los zapatos (ay, dios mío, con lo mal que me huelen los pies). Fuera zapatos. A él: abre la mochila. La abre. Enséñame lo que llevas. Lo enseña. Yo me pongo los zapatos de mala manera, él reubica las cosas y para adentro. Venga a correr y al final el avión sale con retraso. En el avión hacía un calor espantoso, no sé si era por las múltiples capas o porque hacía calor. Al fin, llegamos a Budapest. Taxi y al hotel. Duchita reparadora y el mundo se ve de otra manera. El sábado recorrimos Budapest de cabo a rabo, hermosísimo. Y el domingo, con el mochilón a cuestas dimos un paseo. Almorzamos. Y cuando me despido de él para coger el tren, descubro que el tren que debía coger ha dejado de existir. Lo peor es que ese tren me enlazaba con el último bus a Stará Lubovna. Las opciones son hacer dos trasbordos o esperar al tren de las 18:33. Llamó a mi coordinadora, me dice que a lo mejor me pueden recoger. Rezo al cielo para que así sea. Pero Poseidón sopla que te sopla. No hay manera. La única opción un tren a Poprad a las 12 y otra a Stará a las 4. Resignación cristiana. Paciente espera releyendo La piel del tambor. Cambio algo de dinero para comprar algo de comer. Voy al Mcdonalds y resulta que había que pagar por entrar al baño. Me mudo al BurgerKing, voy al baño y me compro una whopper. Alguien leyendo en el BurgerKing no pega, pero bueno, yo no soy muy normal, así que allí me quedo. Llega el tren, me monto, lee que te lee, llego a Kosice. Compro el billete y resulta que en siete minutos sale un tren que va a Praga y para en Poprad. Mi corazón se llena de ilusión. A lo mejor tengo suerte también en Poprad. Me monto en el tren y le pido en mi escaso eslovaco a una señora que me avise al llegar a Poprad. Me bajo, la señora muy amable se asoma a la ventana para comprobar que todo está bien. Llego a las taquillas y mi gozo en un pozo: no hay tren hasta las cuatro. Cinco horas por delante: lectura, café, lectura, sopa, lectura. Cuatro menos diez, me bajo al andén. Cuatro menos tres, llega el tren. Cuatro menos dos, voy a sacar el billete y resulta que lo he perdido. Cinco horas esperando y ahora no tengo billete. Para matarme. Voy al revisor: do you speak English? Obviously, he doesn’t speak English. Así que con mi escasísimo eslovaco le explico lo que me ha pasado y le pregunto si puedo comprar el billete en el tren. El señor me mira y debió ver algo sincero en mí porque me dice que no me preocupe. No me da el billete, así que yo acojonada todo el rato. Pero al final, llegué a Stará. Como era muy de noche y yo soy una cagona, decido ir más o menos con la gente que se ha bajado del tren. Pero como ellos no llevan mochilón van muy rápido y yo voy con la lengua afuera, hasta que desisto en mi empeño.
Y tres semanas después, pasada mi pequeña odisea llego a mi pequeña Ítaca donde no me espera Penélope sino Yeghiazar (mi maravilloso compi armenio) con bombones (justo cuando había decidido firmemente empezar la dieta) y un colgante precioso. Amén.

2 comentarios:

  1. Antonia, tu historia me ha traumatizado para siempre, a partir de ahora en coche a todos lados!!!! Pobre la que pasaste, no se como hubiese reaccionado yo en tu lugar, seguro que me hubiera quedado a mitad de camino en un hostal de mala muerte teniendo que comprar billetes para otros dias. Eres una heroína!! Un beso y espero que para la vuelta todo vaya mejor. te quiero mil!

    Miguel Luis.

    ResponderEliminar
  2. y esa es tu odisea?? yo solo te digo que te escribo desde un hotel en sofia, porke el vuelo se retraso desde madrid y aki ya no habia trenes pa mi pueblo. he pagado 70 pavos (40 el hotel, y 30 del ijo puta el taxista). antes de eso, habia tenido q aplazar el vuelo desde madrid, porke el otro vuelo almeria-madrid fue aplazado un dia.....
    y en la ida, ni te cuento: mas clavadas de taxis y otro ostal frente a atocha porke era nochebuena y no habia nada para almeria...
    en fin... yo tb me estoy pensando lo de esos autobuses que recorren bulgaria y rumania asta españa :D

    ResponderEliminar