jueves, 21 de enero de 2010

Una CCP izza, por favor

Siempre he sentido una animadversión extraña por las guías turísticas (me refiero a los libritos con el que todo tipo de extranjeros pasean por Santa Cruz, no a las simpáticas señoras que nos desvelan todos los secretos de los lugares que visitamos). La verdad es que siento animadversión en general por los turistas. Siempre haciéndose fotos, coleccionando lugares como el que colecciona cromos, quedándose en lo más superficial del asunto (cuatro estampas folclóricas y poco más) y buscando para comer el restaurante de su nacionalidad. Odio el provincianismo. Y el turista medio me parece bastante provinciano. Además odio que me digan lo que tengo que hacer, y las guías me parecen eso: vaya este sitio, visite este otro. Cuando a mí lo que me gusta es pasear y, de repente, toparme con un sitio maravilloso e inesperado.
De todas formas, ya conocen la máxima de “renovarse o morir”. Y a mí me gusta innovar.
En Italia descubrí otra cara de las guías. Mi querida compañera de habitación Carmen tenía una. Era una guía completísima y utilísima. Al principio me cerré en banda: guías, puag. Pero un día, “no sé cómo si sé con que pretexto” que diría Benedetti, me vi en un tren volviendo de ver los maravillosos mosaicos de Rabean, leyendo la guía. Las vueltas que da la vida. Y entonces reduje mi agresividad y mi radicalidad hacia las pobres guías. Podían ser un instrumento, pensé. Y ahí quedó la casa.
Al volver a casa (con casa me refiero a Eslovaquia, que es mi patria temporal), iba a hacer una paradita en Budapest, un día y poco para ver la capital húngara. En Roma, París, Londres y ciudades así todo el mundo sabe lo que hay que ver, pero ¿en Budapest? Como no tenía tiempo de investigar me hice con una guía. La verdad es que no tenía nada que ver con la guía de Italia, era justo el tipo de cosa que yo siempre había imaginado (a la par que odiado) que era una guía. Parecían instrucciones de mando. Pero era lo que había. No podía perder el tiempo. Así que un día entero paseando por Buda y Pest (la guía me enseñó que eran dos ciudades que acabaron siendo una cuando construyeron el primer puente –el puente de las cadenas- que las unía): el parlamento, iglesias varias, el edificio de la ópera, el barrio del Castillo de Buda, el bastión de los pescadores. Agotador. Pero hermosísimo, eso sí. Y al caer la tarde, cayeron mis energías también. Derrotada, me senté frente en un banco frente a una de esas iglesias con tejados con formas geométricas de distintos colores. Mi compañero de viaje abrió la guía y empezó a buscar un sitio para comer. Yo no le hice mucho caso porque estaba agotada. Hasta que masculló: “pizzería de temática comunista”. Ahí, ahí vamos empecé a gritarle con renovada fuerza. Bueno, vamos a ver otras opciones. Que no, que no, vamos ahí, que ya me ha entrado la curiosidad y vamos ahí. Pero mujer… Que no, venga vamos.
Y así emprendimos nuestro viaje a “Marxim”, la pizzería de “temática comunista”. La pizzería estaba en Buda, pero bastante alejada de la zona antigua. De hecho, creo que sin la guía y el mapa nunca la habríamos encontrado, estaba en una callejuela sin luz, aunque bastante cerca de un centro comercial gigantesco que no en vano se llama “Mamuth”.
Tiene que ser esto. La verdad es que no había mucho más donde escoger. En la puerta una estrella roja y las escaleritas que conducían a la pizzería. Llegamos y la primera impresión fue bastante buena. Los húngaros habían sabido sacarle buen partido a su pasado comunista y con mucho humor.
El sitio no era muy grande, pero estaba bien. Cada mesa estaba separada de la siguiente por una reja metálica que culminaba en alambres de espino. Las paredes estaban decoradas con los carteles propagandísticos más famosos de la URSS. Al entrar había una gran estrella roja con la cara de Lenin. Y en la entrada de los baños había una pintura de Lenin en calzoncillos. El camarero era un chavalillo joven, bastante guapo, muy en la línea “alternativa”. Como llegamos a eso de las seis, sólo había un grupo numeroso de amigos que charlaban animadamente y nosotros. Todas las mesas estaban reservadas, aunque afortunadamente para mucho más tarde.
Así que nos dedicamos a escoger nuestra pizza (el menú estaba en inglés y en húngaro). Los nombres de la carta eran geniales. Os hago una relación de los que a mí más me gustaron para que os hagáis una idea: Siberian dream (que llevaba nata, atún, queso de ajo y aceitunas), Preelection promises (con huevo, queso, jamón), Gulag pizza (queso, jamón, piña y maíz), CCP izza (el nombre de ésta me encanta), otra genial era la “Pizza a la brrr… ÁVO (Licenced by KGB)”, o la “Papa Marx’s favourite”, la “Happy pioneer” o la “Red Commisar”. La verdad es que todas eran geniales.
Al final pedimos una “Pizza a la Moscowskoje” (huevo, queso, salami, nata y especias) y una “Pizza a la Kremlin” (queso, carne con salsa boloñesa y trozos de tomate). Estaban bastante ricas (aunque no tuvieran nada que ver con las pizzas italianas). El lugar era bastante singular, la carta rebosaba humor y la comida era buena. Un sitio agradable para charlar y para tomarse a guasa hasta a uno mismo. Una gran experiencia, sin duda.
Aunque lo mejor, estaba por llegar. Al salir, había empezado a llover de manera considerable, una extraña niebla inundaba la calle mal iluminada, nosotros salíamos del restaurante y un señor (salido del Doctor Zhivago, por lo menos) con su barba larga y su vieja chaqueta soviética, caminaba solo y se dirigía a la pizzería, con aspecto de haber pertenecido a la intelligentsia y con cara de pocos amigos. Por unos segundos viajamos en el tiempo. Allí iba él a reencontrarse con la que había quedado de su pasado: el viejo camarada Lenin en calzoncillos pintada en una pared de una pizzería de Budapest.

3 comentarios:

  1. ¡Qué bueno! Recordaré esta entrada si alguna vez viajo a Buda y Pest... Yo también odiaba las guías, pero en Italia resultaron bastante útiles. Siempre y cuando no te ciñas en exclusiva a lo que dicen sus páginas, vas bien. Eso que dices de perderte por callejuelas es lo mejor de cualquier lugar desconocido.
    ¡Un beso, Antonia guapa!

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  2. Buenas,
    Yo estuve por Budapest el año pasado, aunque llegue sin guía y me las apañe callejeando por la ciudad -que me encanto, por cierto.

    Mi comida fue mucho más espartana que la tuya hehe, el motivo principal era la falta de dineros :P me conforme con un bocadillo de queso que me hice tras pasar por un super :D ahora si, las vistas que tenía eran hermosisimas pues me lo zampe sobre uno de los puentes :D

    Un abrazo.

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  3. yo quiero ir a esa pizzería YA!!!! xD xD xD

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