24 de agosto de 2010. Mi voluntariado acaba. Parece que ayer fue el 3 de octubre de 2009, es decir, el día que llegué. El tiempo se me ha pasado volando y ahora mismo creo que soy incapaz de hacer balance. Desde hace unas semanas vivo en un estado de nervios permamente que me dificulta pensar con claridad. A lo que se suma la fiesta de despedida de ayer que fue "katastrofa", como dicen por aquí.
El día ha amanecido gris. Quizás a Eslovaquia también le da pena mi partida. Ha sido un año intenso, además de bastante raro. En el camino he conocido a gente maravillosa que me han enseñado a ser fuerte incluso en la adversidad (espero poder seguir su ejemplo). He aprendido mucho y he pensado más.
Ahora llevo la maleta llena, pero dejo un poco de mi corazón aquí.
Lo dicho, el balance, cuando me recupere de la fiesta de ayer y de la desazón.
Un trocito de mí, de las cosas que me gustan, las que me inquietan, de los sitios a los que me lleva la vida y de lo que creo que todo el mundo debería conocer.
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martes, 24 de agosto de 2010
lunes, 17 de mayo de 2010
Dando vueltas por Eslovaquia
En todo este tiempo con el blog abandonado, no he parado de dar vueltas por el país y de escribir, pero para otros espacios. Ahora, además, se me ha multiplicado el trabajo porque voy a empezar a escribir en eslovaco artículos para un periódico local. Claro está que mi eslovaco es bastante pobre, así que haré lo que pueda y probablemente tenga que dedicarle bastante tiempo. Pero me parece una oportunidad única, tanto para profundizar en el idioma como para moverme en el mundillo periodístico de Stará L’ubovña. Os mantendré al tanto. Mientras quiero hacer un resumen somero de mis viajes e impresiones por este pequeño gran país que cada día me gusta más. Como son muchas cosas y mi mente tiende a la dispersión, os haré un relato cronológico (soso, pero útil).
- Los Altos Tatras: se trata de una de las muchas cadenas montañosas de este país y uno de los parques nacionales. El principal centro turístico es Starý Smokovec y allí nos fuimos parte de los voluntarios que estamos en Eslovaquia para hacer uno de los cursos del programa. Fueron unos días intensos, mucho pensar, mucho intercambiar con los demás. La verdad es que en reuniones internacionales me siento en mi salsa. He encontrado una de mis almas gemelas en Letonia y hasta he hecho (o intentado) tiro con arco. Uno de los días fuimos de excursión. La mayoría de la parte baja de la montaña está pelada porque hace unos años el viento arrasó con todos los árboles, pero a medida que subes la vista es impresionante. Y aunque abajo haga buen tiempo, arriba puede incluso ¡nevar! Vimos unas cascadas preciosos, hablé francés, intercambié impresiones de lo divino y de lo humano con una budista de Lituania que me dijo que le encantaba hablar conmigo y hasta leí una carta de hace unos meses en la que me autodecía que no se puede ser perfecto (¿me lo creeré algún día?).

- Mi viaje a Italia se chafó. La nube islandesa me lo impidió. Aunque al menos estuve en Viena intentando llegar de alguna forma. Una adamuceña por las calles de Viena, de relato cómico, vaya. Menos mal que los austriacos hablan inglés y me pude defender.
- Como no hubo viaje a Italia, había que buscar alternativas. Así que nos fuimos a “Zlá diera” (literalmente “mal agujero”), una cueva en las inmediaciones de Presov. La cueva no era especialmente grande ni sorprendente, pero la guía era fantástica e hizo que aquello se convirtiera en una auténtica expedición. Recorrimos todos los recovecos y tengo que comunicaros que voy a ser madre, jajaja. No os asustéis. Mi eslovaco no es muy bueno. La guía estaba contando no sé qué de “fraier” (que es novio), le pregunté a mi compi (que es armenio y habla ruso, por lo que el eslovaco le resulta bastante fácil) y me dijo que era que encontrabas novio si metías el dedo en el agua. Yo, inocente de mí, lo metí y resulta que había una segunda parte que no me contó: eres madre al poco tiempo. Todo el mundo me miró e hizo mofa de mi desliz. Así que seré madre, qué remedio, jeje. Después estuvimos tumbados al solecito en lo alto de la montaña, viendo todo el valle y, por último, volvimos a Stará e hicimos un magnífico picnic a los pies del castillo. Genial.

- También estuvimos en el Kaštieľ Strážky. Un antiguo palacio de una familia noble con una colección de pintura interesante y unos jardines estupendos para pasear.
- La semana siguiente Mirka (mi profe de eslovaco), Kiko (su hermano) y yo nos fuimos otra vez de expedición. 5 horas andando. El paisaje de ensueño. Los Tatras nevados se veían al fondo y nosotras allí encima de un cerro tomando té. Al final conseguimos llegar al Jarabinsko prielom, que es una especie de río con sus cascaditas, la mar de fresquito y entretenido. Al intentar cruzar, me mojé, claro. Pero fue una pasada. Además, después fuimos a comer ¡pirohy
! 
- Al día siguiente, nos embarcamos en el coche de Mirka de nuevo, ella, Kiko, Yeghiazar (mi compi armenio) y yo. Destino: cerveny clastor. Es decir, nos fuimos a la frontera de Eslovaquia con Polonia (separada por un río) en la que hay otro de los Parques Nacionales eslovacos (la mar de mono), Pieniny. El camino de ida lo hicimos en el barco tradicional, que daba un poco de grima porque eran tres tablas mal unidas, y el de vuelta andando por entre el milagro de la naturaleza en primavera. Incluso bebimos agua del deshielo. Perfecto.
- El 5 de mayo visitamos Presov otra vez. Esta vez por cuestiones de trabajo. Se celebraba el día de Europa y teníamos que explicar nuestro proyecto. Pero diluvio y no hicimos nada. Eso sí, mi ejemplar de La Ilíada acabó destrozada y yo un poco triste. Presov me sigue pareciendo un lugar aburridísimo, jeje.
- El sábado 8 de mayo al fin hicimos la excursión que quería hacer desde que llegué: el Spišský hrad. Se trata del castillo más grande de Europa. Con motivo de la inauguración de la temporada de vacaciones, montaron un teatrillo con sus peleas entre caballeros, danza del vientre y demás. La pena fue que llovió y deslució un poco. Aunque a ratos, hubo un sol estupendo que nos permitió disfrutar de cada rincón del castillo. Estuvimos en las mazmorras, la capilla, en lo más alto de la más alta torre, disfrutamos de la comida tradicional en la cocina del castillo, tomamos té en el jardín y exploramos todo lo explorable.

- Y el domingo hicimos una excursión inolvidable. Volvimos a los Tatras, pero esta vez a una de las cuevas abiertas al público. Una hora y cuarto entre estalactitas, estalagmitas y un sinfín de lagos subterráneos que habían dado formas increíbles a los minerales. Estuvimos a 1005 metros sobre el nivel del mar, pero ¡bajo tierra! Una auténtica gozada. ¡Qué pena que no dejasen hacer fotos!
- El martes 11 de mayo tuvimos otra actividad relacionada con el Día de Europa en Poprad. Estuvimos en la estación todo el día hablando con chavales de unos 17 años sobre nuestro proyecto. Después, nos fuimos a dar una vuelta por Poprad. ¡Al fin salí de su estación! La verdad es que no es nada extraordinario, pero me gustó infinitamente más que Presov. Y tuvimos la suerte (en exclusiva) de que nos abrieran una capilla del siglo XIII decorada con frescos. No es que fuera nada extraordinario (después de la capilla Scrovegni o de los mosaicos de Ravenna dudo que decoración alguna pueda sorprenderme tanto), pero el simple hecho de estar allí era mágico en sí mismo.


- Y el domingo pasado fuimos a Vyzné Ruzbachy. Ya habíamos ido antes, pero esta vez fue diferente. Estuvimos una hora entre la piscina, la sauna finesa (a la que creo que no vuelvo), el agua mineral helada, la sauna turca con hierbas y el jacuzzi. Después té junto a una cascada y… visita a un lugar increíble. Aprovechando un tipo de piedra característico de la zona, se les ocurrió que podrían organizar un simposio internacional de escultura. Así que, ahí en mitad de la nada, junto a un antiguo hotel soviético abandonado, hay una explanada llena de esculturas de artistas de todo el mundo en conexión con la naturaleza. Arte a la intemperie, no sólo para mirar, sino también para tocar. La función primigenia de la escultura. Me encanta.

- Los Altos Tatras: se trata de una de las muchas cadenas montañosas de este país y uno de los parques nacionales. El principal centro turístico es Starý Smokovec y allí nos fuimos parte de los voluntarios que estamos en Eslovaquia para hacer uno de los cursos del programa. Fueron unos días intensos, mucho pensar, mucho intercambiar con los demás. La verdad es que en reuniones internacionales me siento en mi salsa. He encontrado una de mis almas gemelas en Letonia y hasta he hecho (o intentado) tiro con arco. Uno de los días fuimos de excursión. La mayoría de la parte baja de la montaña está pelada porque hace unos años el viento arrasó con todos los árboles, pero a medida que subes la vista es impresionante. Y aunque abajo haga buen tiempo, arriba puede incluso ¡nevar! Vimos unas cascadas preciosos, hablé francés, intercambié impresiones de lo divino y de lo humano con una budista de Lituania que me dijo que le encantaba hablar conmigo y hasta leí una carta de hace unos meses en la que me autodecía que no se puede ser perfecto (¿me lo creeré algún día?).
- Mi viaje a Italia se chafó. La nube islandesa me lo impidió. Aunque al menos estuve en Viena intentando llegar de alguna forma. Una adamuceña por las calles de Viena, de relato cómico, vaya. Menos mal que los austriacos hablan inglés y me pude defender.
- Como no hubo viaje a Italia, había que buscar alternativas. Así que nos fuimos a “Zlá diera” (literalmente “mal agujero”), una cueva en las inmediaciones de Presov. La cueva no era especialmente grande ni sorprendente, pero la guía era fantástica e hizo que aquello se convirtiera en una auténtica expedición. Recorrimos todos los recovecos y tengo que comunicaros que voy a ser madre, jajaja. No os asustéis. Mi eslovaco no es muy bueno. La guía estaba contando no sé qué de “fraier” (que es novio), le pregunté a mi compi (que es armenio y habla ruso, por lo que el eslovaco le resulta bastante fácil) y me dijo que era que encontrabas novio si metías el dedo en el agua. Yo, inocente de mí, lo metí y resulta que había una segunda parte que no me contó: eres madre al poco tiempo. Todo el mundo me miró e hizo mofa de mi desliz. Así que seré madre, qué remedio, jeje. Después estuvimos tumbados al solecito en lo alto de la montaña, viendo todo el valle y, por último, volvimos a Stará e hicimos un magnífico picnic a los pies del castillo. Genial.
- También estuvimos en el Kaštieľ Strážky. Un antiguo palacio de una familia noble con una colección de pintura interesante y unos jardines estupendos para pasear.
- La semana siguiente Mirka (mi profe de eslovaco), Kiko (su hermano) y yo nos fuimos otra vez de expedición. 5 horas andando. El paisaje de ensueño. Los Tatras nevados se veían al fondo y nosotras allí encima de un cerro tomando té. Al final conseguimos llegar al Jarabinsko prielom, que es una especie de río con sus cascaditas, la mar de fresquito y entretenido. Al intentar cruzar, me mojé, claro. Pero fue una pasada. Además, después fuimos a comer ¡pirohy
- Al día siguiente, nos embarcamos en el coche de Mirka de nuevo, ella, Kiko, Yeghiazar (mi compi armenio) y yo. Destino: cerveny clastor. Es decir, nos fuimos a la frontera de Eslovaquia con Polonia (separada por un río) en la que hay otro de los Parques Nacionales eslovacos (la mar de mono), Pieniny. El camino de ida lo hicimos en el barco tradicional, que daba un poco de grima porque eran tres tablas mal unidas, y el de vuelta andando por entre el milagro de la naturaleza en primavera. Incluso bebimos agua del deshielo. Perfecto.
- El 5 de mayo visitamos Presov otra vez. Esta vez por cuestiones de trabajo. Se celebraba el día de Europa y teníamos que explicar nuestro proyecto. Pero diluvio y no hicimos nada. Eso sí, mi ejemplar de La Ilíada acabó destrozada y yo un poco triste. Presov me sigue pareciendo un lugar aburridísimo, jeje.
- El sábado 8 de mayo al fin hicimos la excursión que quería hacer desde que llegué: el Spišský hrad. Se trata del castillo más grande de Europa. Con motivo de la inauguración de la temporada de vacaciones, montaron un teatrillo con sus peleas entre caballeros, danza del vientre y demás. La pena fue que llovió y deslució un poco. Aunque a ratos, hubo un sol estupendo que nos permitió disfrutar de cada rincón del castillo. Estuvimos en las mazmorras, la capilla, en lo más alto de la más alta torre, disfrutamos de la comida tradicional en la cocina del castillo, tomamos té en el jardín y exploramos todo lo explorable.
- Y el domingo hicimos una excursión inolvidable. Volvimos a los Tatras, pero esta vez a una de las cuevas abiertas al público. Una hora y cuarto entre estalactitas, estalagmitas y un sinfín de lagos subterráneos que habían dado formas increíbles a los minerales. Estuvimos a 1005 metros sobre el nivel del mar, pero ¡bajo tierra! Una auténtica gozada. ¡Qué pena que no dejasen hacer fotos!
- El martes 11 de mayo tuvimos otra actividad relacionada con el Día de Europa en Poprad. Estuvimos en la estación todo el día hablando con chavales de unos 17 años sobre nuestro proyecto. Después, nos fuimos a dar una vuelta por Poprad. ¡Al fin salí de su estación! La verdad es que no es nada extraordinario, pero me gustó infinitamente más que Presov. Y tuvimos la suerte (en exclusiva) de que nos abrieran una capilla del siglo XIII decorada con frescos. No es que fuera nada extraordinario (después de la capilla Scrovegni o de los mosaicos de Ravenna dudo que decoración alguna pueda sorprenderme tanto), pero el simple hecho de estar allí era mágico en sí mismo.
- Y el domingo pasado fuimos a Vyzné Ruzbachy. Ya habíamos ido antes, pero esta vez fue diferente. Estuvimos una hora entre la piscina, la sauna finesa (a la que creo que no vuelvo), el agua mineral helada, la sauna turca con hierbas y el jacuzzi. Después té junto a una cascada y… visita a un lugar increíble. Aprovechando un tipo de piedra característico de la zona, se les ocurrió que podrían organizar un simposio internacional de escultura. Así que, ahí en mitad de la nada, junto a un antiguo hotel soviético abandonado, hay una explanada llena de esculturas de artistas de todo el mundo en conexión con la naturaleza. Arte a la intemperie, no sólo para mirar, sino también para tocar. La función primigenia de la escultura. Me encanta.
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jueves, 13 de mayo de 2010
Guía de Bratislava
Hola a todos:
A la espera de encontrar cinco minutos para sentarme y contaros mi activa vida eslovaca, os dejo el enlace a una guía de Bratislava con fotos y textos míos. Espero que os guste y os sea útil.
http://www.guiadebratislava.com/
A la espera de encontrar cinco minutos para sentarme y contaros mi activa vida eslovaca, os dejo el enlace a una guía de Bratislava con fotos y textos míos. Espero que os guste y os sea útil.
http://www.guiadebratislava.com/
martes, 16 de marzo de 2010
Cristales de Bohemia
Hay sitios cuya magia es difícil de describir. ¿Cómo explicar esa fuente de Sevilla al final de la calle Judería adornada con esos versos eternos de Cernuda? ¿Cómo definir la alegría que uno siente en Venecia cuando se encuentra ante la maravilla del Gran Canal? ¿Cómo expresar, sino con lágrimas, lo que uno siente al ver los mosaicos de San Vital en Rávena? ¿O la impresión que produce encontrarse con la catedral de Milán justo después de quedarse impresionado por la galería Vittorio Emmanuelle? ¿O la felicidad que uno siente delante de los frescos de Giotto de la capilla Scrovegni en Padova?
Hay lugares mágicos cuya alma no se puede describir. La felicidad que uno experimenta al sentirse parte de ellos se queda para uno, en ese aire que inunda los pulmones y que te hace respirar mejor y ese brillo en la mirada que te hace verlo todo con ojos limpios, como de niño.
Praga es uno de esos sitios. Y este fin de semana he podido disfrutar de ella. Siglos de historia concentrados en unas calles por las que uno se quedaría toda una vida. Historia antigua, pero también historia muy viva. La plaza de Wenceslao, el castillo, la catedral de San Vit, Mala Strana, el puente de Carlos, ese maravilloso reloj. Miles de imágenes maravillosas y de lugares impresionantes.
Ha sido un fin de semana maravilloso. En el que a los paseos interminables se ha sumado la vida cultural. He tenido la suerte de ir al Veletrezni Palac y disfrutar del arte contemporáneo checo. También fuimos a un Festival de cine solidario y vimos un documental de un director alternativo checo sobre un pueblo que vive en Siberia.
Horas de charlas, de vuelcos al corazón, de momentos mágicos. De aprender mucho. Y de ser muy feliz.
Volveré.
Hay lugares mágicos cuya alma no se puede describir. La felicidad que uno experimenta al sentirse parte de ellos se queda para uno, en ese aire que inunda los pulmones y que te hace respirar mejor y ese brillo en la mirada que te hace verlo todo con ojos limpios, como de niño.
Praga es uno de esos sitios. Y este fin de semana he podido disfrutar de ella. Siglos de historia concentrados en unas calles por las que uno se quedaría toda una vida. Historia antigua, pero también historia muy viva. La plaza de Wenceslao, el castillo, la catedral de San Vit, Mala Strana, el puente de Carlos, ese maravilloso reloj. Miles de imágenes maravillosas y de lugares impresionantes.
Ha sido un fin de semana maravilloso. En el que a los paseos interminables se ha sumado la vida cultural. He tenido la suerte de ir al Veletrezni Palac y disfrutar del arte contemporáneo checo. También fuimos a un Festival de cine solidario y vimos un documental de un director alternativo checo sobre un pueblo que vive en Siberia.
Horas de charlas, de vuelcos al corazón, de momentos mágicos. De aprender mucho. Y de ser muy feliz.
Volveré.
jueves, 21 de enero de 2010
Una CCP izza, por favor
Siempre he sentido una animadversión extraña por las guías turísticas (me refiero a los libritos con el que todo tipo de extranjeros pasean por Santa Cruz, no a las simpáticas señoras que nos desvelan todos los secretos de los lugares que visitamos). La verdad es que siento animadversión en general por los turistas. Siempre haciéndose fotos, coleccionando lugares como el que colecciona cromos, quedándose en lo más superficial del asunto (cuatro estampas folclóricas y poco más) y buscando para comer el restaurante de su nacionalidad. Odio el provincianismo. Y el turista medio me parece bastante provinciano. Además odio que me digan lo que tengo que hacer, y las guías me parecen eso: vaya este sitio, visite este otro. Cuando a mí lo que me gusta es pasear y, de repente, toparme con un sitio maravilloso e inesperado.
De todas formas, ya conocen la máxima de “renovarse o morir”. Y a mí me gusta innovar.
En Italia descubrí otra cara de las guías. Mi querida compañera de habitación Carmen tenía una. Era una guía completísima y utilísima. Al principio me cerré en banda: guías, puag. Pero un día, “no sé cómo si sé con que pretexto” que diría Benedetti, me vi en un tren volviendo de ver los maravillosos mosaicos de Rabean, leyendo la guía. Las vueltas que da la vida. Y entonces reduje mi agresividad y mi radicalidad hacia las pobres guías. Podían ser un instrumento, pensé. Y ahí quedó la casa.
Al volver a casa (con casa me refiero a Eslovaquia, que es mi patria temporal), iba a hacer una paradita en Budapest, un día y poco para ver la capital húngara. En Roma, París, Londres y ciudades así todo el mundo sabe lo que hay que ver, pero ¿en Budapest? Como no tenía tiempo de investigar me hice con una guía. La verdad es que no tenía nada que ver con la guía de Italia, era justo el tipo de cosa que yo siempre había imaginado (a la par que odiado) que era una guía. Parecían instrucciones de mando. Pero era lo que había. No podía perder el tiempo. Así que un día entero paseando por Buda y Pest (la guía me enseñó que eran dos ciudades que acabaron siendo una cuando construyeron el primer puente –el puente de las cadenas- que las unía): el parlamento, iglesias varias, el edificio de la ópera, el barrio del Castillo de Buda, el bastión de los pescadores. Agotador. Pero hermosísimo, eso sí. Y al caer la tarde, cayeron mis energías también. Derrotada, me senté frente en un banco frente a una de esas iglesias con tejados con formas geométricas de distintos colores. Mi compañero de viaje abrió la guía y empezó a buscar un sitio para comer. Yo no le hice mucho caso porque estaba agotada. Hasta que masculló: “pizzería de temática comunista”. Ahí, ahí vamos empecé a gritarle con renovada fuerza. Bueno, vamos a ver otras opciones. Que no, que no, vamos ahí, que ya me ha entrado la curiosidad y vamos ahí. Pero mujer… Que no, venga vamos.
Y así emprendimos nuestro viaje a “Marxim”, la pizzería de “temática comunista”. La pizzería estaba en Buda, pero bastante alejada de la zona antigua. De hecho, creo que sin la guía y el mapa nunca la habríamos encontrado, estaba en una callejuela sin luz, aunque bastante cerca de un centro comercial gigantesco que no en vano se llama “Mamuth”.
Tiene que ser esto. La verdad es que no había mucho más donde escoger. En la puerta una estrella roja y las escaleritas que conducían a la pizzería. Llegamos y la primera impresión fue bastante buena. Los húngaros habían sabido sacarle buen partido a su pasado comunista y con mucho humor.
El sitio no era muy grande, pero estaba bien. Cada mesa estaba separada de la siguiente por una reja metálica que culminaba en alambres de espino. Las paredes estaban decoradas con los carteles propagandísticos más famosos de la URSS. Al entrar había una gran estrella roja con la cara de Lenin. Y en la entrada de los baños había una pintura de Lenin en calzoncillos. El camarero era un chavalillo joven, bastante guapo, muy en la línea “alternativa”. Como llegamos a eso de las seis, sólo había un grupo numeroso de amigos que charlaban animadamente y nosotros. Todas las mesas estaban reservadas, aunque afortunadamente para mucho más tarde.
Así que nos dedicamos a escoger nuestra pizza (el menú estaba en inglés y en húngaro). Los nombres de la carta eran geniales. Os hago una relación de los que a mí más me gustaron para que os hagáis una idea: Siberian dream (que llevaba nata, atún, queso de ajo y aceitunas), Preelection promises (con huevo, queso, jamón), Gulag pizza (queso, jamón, piña y maíz), CCP izza (el nombre de ésta me encanta), otra genial era la “Pizza a la brrr… ÁVO (Licenced by KGB)”, o la “Papa Marx’s favourite”, la “Happy pioneer” o la “Red Commisar”. La verdad es que todas eran geniales.
Al final pedimos una “Pizza a la Moscowskoje” (huevo, queso, salami, nata y especias) y una “Pizza a la Kremlin” (queso, carne con salsa boloñesa y trozos de tomate). Estaban bastante ricas (aunque no tuvieran nada que ver con las pizzas italianas). El lugar era bastante singular, la carta rebosaba humor y la comida era buena. Un sitio agradable para charlar y para tomarse a guasa hasta a uno mismo. Una gran experiencia, sin duda.
Aunque lo mejor, estaba por llegar. Al salir, había empezado a llover de manera considerable, una extraña niebla inundaba la calle mal iluminada, nosotros salíamos del restaurante y un señor (salido del Doctor Zhivago, por lo menos) con su barba larga y su vieja chaqueta soviética, caminaba solo y se dirigía a la pizzería, con aspecto de haber pertenecido a la intelligentsia y con cara de pocos amigos. Por unos segundos viajamos en el tiempo. Allí iba él a reencontrarse con la que había quedado de su pasado: el viejo camarada Lenin en calzoncillos pintada en una pared de una pizzería de Budapest



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De todas formas, ya conocen la máxima de “renovarse o morir”. Y a mí me gusta innovar.
En Italia descubrí otra cara de las guías. Mi querida compañera de habitación Carmen tenía una. Era una guía completísima y utilísima. Al principio me cerré en banda: guías, puag. Pero un día, “no sé cómo si sé con que pretexto” que diría Benedetti, me vi en un tren volviendo de ver los maravillosos mosaicos de Rabean, leyendo la guía. Las vueltas que da la vida. Y entonces reduje mi agresividad y mi radicalidad hacia las pobres guías. Podían ser un instrumento, pensé. Y ahí quedó la casa.
Al volver a casa (con casa me refiero a Eslovaquia, que es mi patria temporal), iba a hacer una paradita en Budapest, un día y poco para ver la capital húngara. En Roma, París, Londres y ciudades así todo el mundo sabe lo que hay que ver, pero ¿en Budapest? Como no tenía tiempo de investigar me hice con una guía. La verdad es que no tenía nada que ver con la guía de Italia, era justo el tipo de cosa que yo siempre había imaginado (a la par que odiado) que era una guía. Parecían instrucciones de mando. Pero era lo que había. No podía perder el tiempo. Así que un día entero paseando por Buda y Pest (la guía me enseñó que eran dos ciudades que acabaron siendo una cuando construyeron el primer puente –el puente de las cadenas- que las unía): el parlamento, iglesias varias, el edificio de la ópera, el barrio del Castillo de Buda, el bastión de los pescadores. Agotador. Pero hermosísimo, eso sí. Y al caer la tarde, cayeron mis energías también. Derrotada, me senté frente en un banco frente a una de esas iglesias con tejados con formas geométricas de distintos colores. Mi compañero de viaje abrió la guía y empezó a buscar un sitio para comer. Yo no le hice mucho caso porque estaba agotada. Hasta que masculló: “pizzería de temática comunista”. Ahí, ahí vamos empecé a gritarle con renovada fuerza. Bueno, vamos a ver otras opciones. Que no, que no, vamos ahí, que ya me ha entrado la curiosidad y vamos ahí. Pero mujer… Que no, venga vamos.
Y así emprendimos nuestro viaje a “Marxim”, la pizzería de “temática comunista”. La pizzería estaba en Buda, pero bastante alejada de la zona antigua. De hecho, creo que sin la guía y el mapa nunca la habríamos encontrado, estaba en una callejuela sin luz, aunque bastante cerca de un centro comercial gigantesco que no en vano se llama “Mamuth”.
Tiene que ser esto. La verdad es que no había mucho más donde escoger. En la puerta una estrella roja y las escaleritas que conducían a la pizzería. Llegamos y la primera impresión fue bastante buena. Los húngaros habían sabido sacarle buen partido a su pasado comunista y con mucho humor.
El sitio no era muy grande, pero estaba bien. Cada mesa estaba separada de la siguiente por una reja metálica que culminaba en alambres de espino. Las paredes estaban decoradas con los carteles propagandísticos más famosos de la URSS. Al entrar había una gran estrella roja con la cara de Lenin. Y en la entrada de los baños había una pintura de Lenin en calzoncillos. El camarero era un chavalillo joven, bastante guapo, muy en la línea “alternativa”. Como llegamos a eso de las seis, sólo había un grupo numeroso de amigos que charlaban animadamente y nosotros. Todas las mesas estaban reservadas, aunque afortunadamente para mucho más tarde.
Así que nos dedicamos a escoger nuestra pizza (el menú estaba en inglés y en húngaro). Los nombres de la carta eran geniales. Os hago una relación de los que a mí más me gustaron para que os hagáis una idea: Siberian dream (que llevaba nata, atún, queso de ajo y aceitunas), Preelection promises (con huevo, queso, jamón), Gulag pizza (queso, jamón, piña y maíz), CCP izza (el nombre de ésta me encanta), otra genial era la “Pizza a la brrr… ÁVO (Licenced by KGB)”, o la “Papa Marx’s favourite”, la “Happy pioneer” o la “Red Commisar”. La verdad es que todas eran geniales.
Al final pedimos una “Pizza a la Moscowskoje” (huevo, queso, salami, nata y especias) y una “Pizza a la Kremlin” (queso, carne con salsa boloñesa y trozos de tomate). Estaban bastante ricas (aunque no tuvieran nada que ver con las pizzas italianas). El lugar era bastante singular, la carta rebosaba humor y la comida era buena. Un sitio agradable para charlar y para tomarse a guasa hasta a uno mismo. Una gran experiencia, sin duda.
Aunque lo mejor, estaba por llegar. Al salir, había empezado a llover de manera considerable, una extraña niebla inundaba la calle mal iluminada, nosotros salíamos del restaurante y un señor (salido del Doctor Zhivago, por lo menos) con su barba larga y su vieja chaqueta soviética, caminaba solo y se dirigía a la pizzería, con aspecto de haber pertenecido a la intelligentsia y con cara de pocos amigos. Por unos segundos viajamos en el tiempo. Allí iba él a reencontrarse con la que había quedado de su pasado: el viejo camarada Lenin en calzoncillos pintada en una pared de una pizzería de Budapest
martes, 12 de enero de 2010
Percances viajeros
Los dioses del panteón griego solían divertirse en el Olimpo a base de los pobres mortales. Siempre me ha impactado ese Poseidón enfadado soplando para que la barca de Odiseo se perdiera y tardará una eternidad en volver a ver a su pobre Penélope teje que te teje. Pues algo así, no tan grandilocuente ni tan mítico (y por supuesto no pasará a la historia de nada más allá de estas líneas), es lo que me ha ocurrido a mí al ir a España y al volver.
La ida se presentaba complicada. El termómetro marcaba entre menos diez y menos quince y tenía que esperar dos horas en una estación en obras bastante fría. Conté la situación con mucha pena y mi organización decidió que me llevase el conductor de la misma a una de las ciudades en las que tenía que hacer uno de los múltiples trasbordos. Así que allí estaba yo, una española de pro (y del sur para más inri), a unos menos 15 grados, con la nieve por el tobillo, a las 3 y media de la mañana, con más capas que una cebolla. Salí, había un bordillo cubierto por la nieve y pataplas: Antonia al suelo con todo el equipamiento incluido. Primera en la frente. Afortunadamente, el conductor llegó a su hora. Pero nevaba de manera consistente (a lo mejor para los lugareños no era nada, pero para mí fue la nevada más grande de la historia). Cuando quedaba una hora para que saliera el tren, estábamos a unos 60 kilómetros de distancia e íbamos a 30 por hora con dos coches delante que no nos dejaban avanzar. Yo, como no soy histérica ni nada, estaba con un ataque terrible, además del pie izquierdo totalmente congelado, pese a las medias, los calcetines y las botas. Por suerte, vino el señor quitanieves (lo siento, pero no me dio tiempo a comprobar si era Homer) y pudimos adelantar a las tortugas. Al final llegamos con 20 veinte minutos de antelación a la estación. Aunque, claro, eso de que llegamos a la estación es bastante relativo. El conductor me dejó a unos 20 metros porque no sabía muy bien dónde estaba. Yo no había andado entre tanta nieve en mi vida. Me movía muy despacio, estaba congelada y era incapaz de encontrar la entrada de la dichosa estación. No sé ni cómo logré llegar y comprar el billete. Me monto. Y este viaje bien, sin sobresaltos. Llego a Kosice. Hago una cola para comprar el billete: allí no es. Lo compro. Me voy para las vías: andén 3. Y cuando subo al andén 3, había varios andenes y un cartelito “3-4-5-6” sin especificar cuál era cada uno. Quedarían cinco minutos para que saliera el tren. Probé de derecha a izquierda: ¡y funcionó! Me monto en el tren, me esperaba un largo viaje hasta Budapest. Me pongo a leer. Todo bien. Dentro se estaba calentita. Así hasta las 9 y media (el tren debía llegar a las 10). De repente, el tren se para. Al principio una piensa que es una parada rutinaria. Los cinco primeros minutos mosquean. Al llegar los diez, una se inquieta. A los quince viene la revisora con cara de circunstancia y empieza a hablar en húngaro (que no se parece ni por asumo a ninguna de las lenguas que conozco). El resto de pasajeros pone cara de circunstancia también y yo de “no me entero de un carajo”. Le pregunto si habla inglés y se va. Al rato viene un chaval joven y me dice: “el tren tiene problemas técnicos, no se sabe cuántas horas vamos a estar aquí”. Se me debió quedar cara de gilipollas: ¿horas? Madre de dios, qué angustia. Efectivamente, pasó una hora, hora y media y el tren echa a andar. Aún tenía una esperanza. A dos kilómetros de Budapest, el tren vuelve a parar, vuelve a venir la revisora: coged un autobús. La compañía nos deja en mitad de la nada húngara sin hacerse cargo de nada y sin preocuparse de los viajeros. Yo llorando, claro. Me acerqué al chaval que hablaba inglés y resulta que le había pedido un taxi a unos griegos que iban para el aeropuerto. Tres griegos con tres megamaletones. Llega un taxi, un Mercedes, pre-soviético por lo menos, con un minimaletero: una de las maletas en el asiento de atrás, una griega sentada encima de la otra, el griego, en el asiento delantero yo, con mis cosas y un macuto del griego. Para vernos. Porque encima no teníamos ni un florín húngaro. Yo salía de la Terminal 1 y ellos de la 2. El taxi, como buen taxista, en lugar de dejarme en la 1 y llevarlos a ellos a la 2, los llevó a ellos a la dos y luego a mí, así que me tocó pagar por partida doble. Llego al aeropuerto, hago mi cola para facturar, el tipo era bastante borde, entro, avión con retraso. Cuando por fin llega, como los asientos no estaban numerados, la gente poco menos que pegándose por entrar. Autobusito de las narices. Llegas. Dónde te pones. Al fin, me siento. Una familia de pedantes detrás que no paran de dar la lata en todo el viaje. Y un tipo superosea a mi lado con cara de pocos amigos. El peor viaje en avión de mi vida. Cuando llegué a Madrid, fui directa a la fuente. Llamé diciendo que estaba viva y me senté en el suelo a llorar durante un buen rato. Después todo fue sobre ruedas. Cuando el autobús Madrid-Córdoba paró, entré al bar y sonaba “algo se muere en el alma” os prometo que se me saltaron las lágrimas y todo.
La vuelta no fue menos tranquila. El bus bien, el metro bien, encontrar la Terminal y el embarque bien. Todo bien. Pero yo iba a pasar el fin de semana en Budapest y mi acompañante tenía que venir de Sevilla (el avión de Sevilla con retraso, claro). Le digo a la muchacha del embarque la situación y me dice: “pues si no llega a tiempo tiene que comprar otro para mañana”. Y yo le digo: “pero hombre, si tenemos el hotel reservado”. “Imagino, pero no puedo hacer nada”. Al final, conseguí que hablara con la supervisora. Me dijo que me pasara a las 19:15 (el embarque cerraba a y veinticinco). Mi acompañante llegó, pero a la Terminal 4 y justo a y 25 apareció en el embarque (como en las pelis). Quedaban diez minutos para el embarque, pasamos el control: quitate los zapatos (ay, dios mío, con lo mal que me huelen los pies). Fuera zapatos. A él: abre la mochila. La abre. Enséñame lo que llevas. Lo enseña. Yo me pongo los zapatos de mala manera, él reubica las cosas y para adentro. Venga a correr y al final el avión sale con retraso. En el avión hacía un calor espantoso, no sé si era por las múltiples capas o porque hacía calor. Al fin, llegamos a Budapest. Taxi y al hotel. Duchita reparadora y el mundo se ve de otra manera. El sábado recorrimos Budapest de cabo a rabo, hermosísimo. Y el domingo, con el mochilón a cuestas dimos un paseo. Almorzamos. Y cuando me despido de él para coger el tren, descubro que el tren que debía coger ha dejado de existir. Lo peor es que ese tren me enlazaba con el último bus a Stará Lubovna. Las opciones son hacer dos trasbordos o esperar al tren de las 18:33. Llamó a mi coordinadora, me dice que a lo mejor me pueden recoger. Rezo al cielo para que así sea. Pero Poseidón sopla que te sopla. No hay manera. La única opción un tren a Poprad a las 12 y otra a Stará a las 4. Resignación cristiana. Paciente espera releyendo La piel del tambor. Cambio algo de dinero para comprar algo de comer. Voy al Mcdonalds y resulta que había que pagar por entrar al baño. Me mudo al BurgerKing, voy al baño y me compro una whopper. Alguien leyendo en el BurgerKing no pega, pero bueno, yo no soy muy normal, así que allí me quedo. Llega el tren, me monto, lee que te lee, llego a Kosice. Compro el billete y resulta que en siete minutos sale un tren que va a Praga y para en Poprad. Mi corazón se llena de ilusión. A lo mejor tengo suerte también en Poprad. Me monto en el tren y le pido en mi escaso eslovaco a una señora que me avise al llegar a Poprad. Me bajo, la señora muy amable se asoma a la ventana para comprobar que todo está bien. Llego a las taquillas y mi gozo en un pozo: no hay tren hasta las cuatro. Cinco horas por delante: lectura, café, lectura, sopa, lectura. Cuatro menos diez, me bajo al andén. Cuatro menos tres, llega el tren. Cuatro menos dos, voy a sacar el billete y resulta que lo he perdido. Cinco horas esperando y ahora no tengo billete. Para matarme. Voy al revisor: do you speak English? Obviously, he doesn’t speak English. Así que con mi escasísimo eslovaco le explico lo que me ha pasado y le pregunto si puedo comprar el billete en el tren. El señor me mira y debió ver algo sincero en mí porque me dice que no me preocupe. No me da el billete, así que yo acojonada todo el rato. Pero al final, llegué a Stará. Como era muy de noche y yo soy una cagona, decido ir más o menos con la gente que se ha bajado del tren. Pero como ellos no llevan mochilón van muy rápido y yo voy con la lengua afuera, hasta que desisto en mi empeño.
Y tres semanas después, pasada mi pequeña odisea llego a mi pequeña Ítaca donde no me espera Penélope sino Yeghiazar (mi maravilloso compi armenio) con bombones (justo cuando había decidido firmemente empezar la dieta) y un colgante precioso. Amén.
La ida se presentaba complicada. El termómetro marcaba entre menos diez y menos quince y tenía que esperar dos horas en una estación en obras bastante fría. Conté la situación con mucha pena y mi organización decidió que me llevase el conductor de la misma a una de las ciudades en las que tenía que hacer uno de los múltiples trasbordos. Así que allí estaba yo, una española de pro (y del sur para más inri), a unos menos 15 grados, con la nieve por el tobillo, a las 3 y media de la mañana, con más capas que una cebolla. Salí, había un bordillo cubierto por la nieve y pataplas: Antonia al suelo con todo el equipamiento incluido. Primera en la frente. Afortunadamente, el conductor llegó a su hora. Pero nevaba de manera consistente (a lo mejor para los lugareños no era nada, pero para mí fue la nevada más grande de la historia). Cuando quedaba una hora para que saliera el tren, estábamos a unos 60 kilómetros de distancia e íbamos a 30 por hora con dos coches delante que no nos dejaban avanzar. Yo, como no soy histérica ni nada, estaba con un ataque terrible, además del pie izquierdo totalmente congelado, pese a las medias, los calcetines y las botas. Por suerte, vino el señor quitanieves (lo siento, pero no me dio tiempo a comprobar si era Homer) y pudimos adelantar a las tortugas. Al final llegamos con 20 veinte minutos de antelación a la estación. Aunque, claro, eso de que llegamos a la estación es bastante relativo. El conductor me dejó a unos 20 metros porque no sabía muy bien dónde estaba. Yo no había andado entre tanta nieve en mi vida. Me movía muy despacio, estaba congelada y era incapaz de encontrar la entrada de la dichosa estación. No sé ni cómo logré llegar y comprar el billete. Me monto. Y este viaje bien, sin sobresaltos. Llego a Kosice. Hago una cola para comprar el billete: allí no es. Lo compro. Me voy para las vías: andén 3. Y cuando subo al andén 3, había varios andenes y un cartelito “3-4-5-6” sin especificar cuál era cada uno. Quedarían cinco minutos para que saliera el tren. Probé de derecha a izquierda: ¡y funcionó! Me monto en el tren, me esperaba un largo viaje hasta Budapest. Me pongo a leer. Todo bien. Dentro se estaba calentita. Así hasta las 9 y media (el tren debía llegar a las 10). De repente, el tren se para. Al principio una piensa que es una parada rutinaria. Los cinco primeros minutos mosquean. Al llegar los diez, una se inquieta. A los quince viene la revisora con cara de circunstancia y empieza a hablar en húngaro (que no se parece ni por asumo a ninguna de las lenguas que conozco). El resto de pasajeros pone cara de circunstancia también y yo de “no me entero de un carajo”. Le pregunto si habla inglés y se va. Al rato viene un chaval joven y me dice: “el tren tiene problemas técnicos, no se sabe cuántas horas vamos a estar aquí”. Se me debió quedar cara de gilipollas: ¿horas? Madre de dios, qué angustia. Efectivamente, pasó una hora, hora y media y el tren echa a andar. Aún tenía una esperanza. A dos kilómetros de Budapest, el tren vuelve a parar, vuelve a venir la revisora: coged un autobús. La compañía nos deja en mitad de la nada húngara sin hacerse cargo de nada y sin preocuparse de los viajeros. Yo llorando, claro. Me acerqué al chaval que hablaba inglés y resulta que le había pedido un taxi a unos griegos que iban para el aeropuerto. Tres griegos con tres megamaletones. Llega un taxi, un Mercedes, pre-soviético por lo menos, con un minimaletero: una de las maletas en el asiento de atrás, una griega sentada encima de la otra, el griego, en el asiento delantero yo, con mis cosas y un macuto del griego. Para vernos. Porque encima no teníamos ni un florín húngaro. Yo salía de la Terminal 1 y ellos de la 2. El taxi, como buen taxista, en lugar de dejarme en la 1 y llevarlos a ellos a la 2, los llevó a ellos a la dos y luego a mí, así que me tocó pagar por partida doble. Llego al aeropuerto, hago mi cola para facturar, el tipo era bastante borde, entro, avión con retraso. Cuando por fin llega, como los asientos no estaban numerados, la gente poco menos que pegándose por entrar. Autobusito de las narices. Llegas. Dónde te pones. Al fin, me siento. Una familia de pedantes detrás que no paran de dar la lata en todo el viaje. Y un tipo superosea a mi lado con cara de pocos amigos. El peor viaje en avión de mi vida. Cuando llegué a Madrid, fui directa a la fuente. Llamé diciendo que estaba viva y me senté en el suelo a llorar durante un buen rato. Después todo fue sobre ruedas. Cuando el autobús Madrid-Córdoba paró, entré al bar y sonaba “algo se muere en el alma” os prometo que se me saltaron las lágrimas y todo.
La vuelta no fue menos tranquila. El bus bien, el metro bien, encontrar la Terminal y el embarque bien. Todo bien. Pero yo iba a pasar el fin de semana en Budapest y mi acompañante tenía que venir de Sevilla (el avión de Sevilla con retraso, claro). Le digo a la muchacha del embarque la situación y me dice: “pues si no llega a tiempo tiene que comprar otro para mañana”. Y yo le digo: “pero hombre, si tenemos el hotel reservado”. “Imagino, pero no puedo hacer nada”. Al final, conseguí que hablara con la supervisora. Me dijo que me pasara a las 19:15 (el embarque cerraba a y veinticinco). Mi acompañante llegó, pero a la Terminal 4 y justo a y 25 apareció en el embarque (como en las pelis). Quedaban diez minutos para el embarque, pasamos el control: quitate los zapatos (ay, dios mío, con lo mal que me huelen los pies). Fuera zapatos. A él: abre la mochila. La abre. Enséñame lo que llevas. Lo enseña. Yo me pongo los zapatos de mala manera, él reubica las cosas y para adentro. Venga a correr y al final el avión sale con retraso. En el avión hacía un calor espantoso, no sé si era por las múltiples capas o porque hacía calor. Al fin, llegamos a Budapest. Taxi y al hotel. Duchita reparadora y el mundo se ve de otra manera. El sábado recorrimos Budapest de cabo a rabo, hermosísimo. Y el domingo, con el mochilón a cuestas dimos un paseo. Almorzamos. Y cuando me despido de él para coger el tren, descubro que el tren que debía coger ha dejado de existir. Lo peor es que ese tren me enlazaba con el último bus a Stará Lubovna. Las opciones son hacer dos trasbordos o esperar al tren de las 18:33. Llamó a mi coordinadora, me dice que a lo mejor me pueden recoger. Rezo al cielo para que así sea. Pero Poseidón sopla que te sopla. No hay manera. La única opción un tren a Poprad a las 12 y otra a Stará a las 4. Resignación cristiana. Paciente espera releyendo La piel del tambor. Cambio algo de dinero para comprar algo de comer. Voy al Mcdonalds y resulta que había que pagar por entrar al baño. Me mudo al BurgerKing, voy al baño y me compro una whopper. Alguien leyendo en el BurgerKing no pega, pero bueno, yo no soy muy normal, así que allí me quedo. Llega el tren, me monto, lee que te lee, llego a Kosice. Compro el billete y resulta que en siete minutos sale un tren que va a Praga y para en Poprad. Mi corazón se llena de ilusión. A lo mejor tengo suerte también en Poprad. Me monto en el tren y le pido en mi escaso eslovaco a una señora que me avise al llegar a Poprad. Me bajo, la señora muy amable se asoma a la ventana para comprobar que todo está bien. Llego a las taquillas y mi gozo en un pozo: no hay tren hasta las cuatro. Cinco horas por delante: lectura, café, lectura, sopa, lectura. Cuatro menos diez, me bajo al andén. Cuatro menos tres, llega el tren. Cuatro menos dos, voy a sacar el billete y resulta que lo he perdido. Cinco horas esperando y ahora no tengo billete. Para matarme. Voy al revisor: do you speak English? Obviously, he doesn’t speak English. Así que con mi escasísimo eslovaco le explico lo que me ha pasado y le pregunto si puedo comprar el billete en el tren. El señor me mira y debió ver algo sincero en mí porque me dice que no me preocupe. No me da el billete, así que yo acojonada todo el rato. Pero al final, llegué a Stará. Como era muy de noche y yo soy una cagona, decido ir más o menos con la gente que se ha bajado del tren. Pero como ellos no llevan mochilón van muy rápido y yo voy con la lengua afuera, hasta que desisto en mi empeño.
Y tres semanas después, pasada mi pequeña odisea llego a mi pequeña Ítaca donde no me espera Penélope sino Yeghiazar (mi maravilloso compi armenio) con bombones (justo cuando había decidido firmemente empezar la dieta) y un colgante precioso. Amén.
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