Cuando escribo estas letras, estamos a 19 de diciembre de 2010. Pronto hará cuatro meses que he vuelto de Eslovaquia. En cuatro meses pasan infinidad de cosas y en especial el ritmo de estos cuatro ha sido frenético. Conseguí aprobar el carnet del coche, estuve en Rouen, en Alicante y en Roma (con un proyecto europeo para formar a jóvenes periodistas en el ámbito del periodismo científico), me hice un esguince, estuve a punto de irme a Argentina y, pese a todo, sigo en Sevilla bastante perdida, en paro y sin saber muy bien qué hacer.
En el curso que hicimos a la vuelta del voluntariado nos dijeron que pasarían meses (incluso años) hasta que comprendiéramos lo que había significado para nosotros el voluntariado. Creo que en Roma empezó mi propio proceso de entendimiento de lo que había supuesto Eslovaquia en mi vida y el balance es bastante positivo, aún cuando sigo sin saber si periodísticamente me sirve de algo. Lo seguiré pensando.
Esta semana he asistido a unas jornadas organizadas por la Consejería de Empleo, un despilfarro de recursos, a mi modo de parada de entender el mundo, pero interesante. Al menos las jornadas me han servido para darme cuenta de varias cosas: necesito un twitter y darle vida a mis blogs. La frase más repetida de la gente con la que me he cruzado ha sido: “no te desanimes, mujer”. Pero como le contaba a mi amiga Estefanía el otro día, creo que en enero dejaré de buscar trabajo en el ámbito intelectual y pondré los pies en el suelo.
Estos son tiempos de crisis, en todos los sentidos de la palabra. Yo, a titulo personal, necesito cambiar de paradigma, pero aún no he encontrado la forma. Se aceptan sugerencias.
Un trocito de mí, de las cosas que me gustan, las que me inquietan, de los sitios a los que me lleva la vida y de lo que creo que todo el mundo debería conocer.
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domingo, 19 de diciembre de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
Posledne deñ
24 de agosto de 2010. Mi voluntariado acaba. Parece que ayer fue el 3 de octubre de 2009, es decir, el día que llegué. El tiempo se me ha pasado volando y ahora mismo creo que soy incapaz de hacer balance. Desde hace unas semanas vivo en un estado de nervios permamente que me dificulta pensar con claridad. A lo que se suma la fiesta de despedida de ayer que fue "katastrofa", como dicen por aquí.
El día ha amanecido gris. Quizás a Eslovaquia también le da pena mi partida. Ha sido un año intenso, además de bastante raro. En el camino he conocido a gente maravillosa que me han enseñado a ser fuerte incluso en la adversidad (espero poder seguir su ejemplo). He aprendido mucho y he pensado más.
Ahora llevo la maleta llena, pero dejo un poco de mi corazón aquí.
Lo dicho, el balance, cuando me recupere de la fiesta de ayer y de la desazón.
El día ha amanecido gris. Quizás a Eslovaquia también le da pena mi partida. Ha sido un año intenso, además de bastante raro. En el camino he conocido a gente maravillosa que me han enseñado a ser fuerte incluso en la adversidad (espero poder seguir su ejemplo). He aprendido mucho y he pensado más.
Ahora llevo la maleta llena, pero dejo un poco de mi corazón aquí.
Lo dicho, el balance, cuando me recupere de la fiesta de ayer y de la desazón.
martes, 27 de julio de 2010
Campamentos de verano
Mi idea originaria cuando empecé este blog era llenarlo de reportajes “periodísticos” sobre Eslovaquia, con el tiempo la idea me desbordó y acabé haciendo un relato más o menos detallado y más o menos insulso de mi paso por este país en el corazón de Europa.
Hace tres semanas mi idea originaria era ir contando día por día mi experiencia con los niños. Al final, llegaba demasiado cansada como para poner en orden las impresiones del día y por la mañana no tenía fuerzas para levantarme y escribir.
Así que como una metáfora más de mi vida (la alegría de la idea originaria y en lo que queda; “lo que iba a ser, la mierda que ha sido” que diría Sabina) no he cumplido ni el objetivo primigenio del blog ni el secundario. Aún así me gustaría hacer un resumen de mi experiencia intensiva con los niños (y con los adultos).
El primer campamento empezó bien, con una excursión al campo muy interesante y tormenta de verano incluida. El segundo día teníamos que ir a un parque acuático con los niños, pero hacía mucho frío, así que lo cambiamos por un centro comercial (muy educativo) y como allí no había nada que hacer al final fuimos al parque acuático. Afortunadamente, ninguno se pilló un resfriado. El tercer día fue horrible: desorganización de los mayores y los niños insoportables. Pillé a una niña riéndose de mí y la verdad es que me sentí muy mal. Yo estaba poniendo todo mi empeño en hacer las cosas bien y no servía de nada. Racionalmente sabía que no me podía poner así por una niña de ocho años, pero mi baja autoestima no necesita mucho para hundirse. Afortunadamente, el último día decidí tomarme “menos en serio” el trabajo y me lo pasé mejor.
El segundo campamento empezó con mucho calor y siguió así toda la semana. El primer día montamos a caballo y jugamos al minigolf. El segundo día fuimos al zoo (nunca entenderé el placer de ver en cautividad a unos animales a los que la naturaleza hizo para correr libres). El tercero y el cuarto fuimos al parque acuático. Como había decidido tomarme el trabajo con más calma, incluso me lo pasé bien. La verdad es que mis largos ratos en el jacuzzi ayudaron, jeje. El viernes subimos al castillo a ver una obra de teatro. Era el típico cuento de princesas embrujadas, dragones y pretendientes que las rescatan, pero moviéndonos por las distintas estancias del castillo. No sé los niños, pero a mí me encantó. Después pizza, piscinita y a casa.
El último campamento empezó de manera desastrosa y esa fue su tónica. Hay gente que te parece la mar de responsable y cuando trabajas codo a codo con ellos descubres lo equivocada que estabas. El primer día fuimos a ver un museo de pintura. A mí me pareció interesantísimo, pero a los niños no les interesaba lo más mínimo y claro con el aburrimiento su comportamiento no fue precisamente ejemplar. Después fuimos a Kezmarok para el almuerzo y la segunda parte del día. El almuerzo no sólo no lo habían ordenado, sino que ni siquiera tenían idea de dónde comer. Niños para arriba, niños para abajo. Hambrientos y cansados. Al final, nos tomamos una hamburguesa del puesto más cutre de la ciudad, de pie, en la calle. Por si fuera poco, la segunda parte de la excursión era ¡ir al Tesco! ¡Vivan las actividades educativas! Educando en valores, sí señor. Pero lo más increíble de todo fue ¡que tampoco se sabían el camino! Al día siguiente teníamos una excursión al campo. Subir un poco, llegar a una explanada, jugar, almorzar y volver en bus. Sonaba bien, la verdad, pero se convirtió en una auténtica pesadilla. La monitora “responsable” se equivocó de camino y estuvimos dando vueltas por el bosque cuatro horas. Cuando por fin llegamos (reventados todos) al restaurante ¡no había comida! Al final, encontraron otro restaurante en el que me cobraron 5.35 euros por un filete de pollo minúsculo. Al día siguiente, el parque acuático; menos mal. El jueves estuvimos en el campamento histórico de la ciudad y en la piscina. Y el viernes, al fin acabó la pesadilla, en el parque acuático de nuevo.
En resumen, han sido tres semanas muy intensas y agotadoras en las que he redescubierto que mi sentido de la responsabilidad un día acabará conmigo. También me ha quedado claro que hay gente que le echa un morro increíble al asunto y se quitan de en medio en cuanto pueden, pero ésa es otra historia.
martes, 6 de julio de 2010
I Tábor. Día 1: Jarabinsko prielom
¡Ha llegado el verano! ¡Y con el verano, las vacaciones!
Bueno, en Eslovaquia, que ha llegado el verano no se nota mucho. A ratos llueve, a ratos hace sol y bastante calor (no como en Sevilla, claro), a ratos hace frío, a ratos creo que voy a volar con el viento que hace. Una locura, vaya. Pero que las vacaciones han llegado sí se nota. El bar está lleno entre semana, la gente no tiene prisa y han empezado los campamentos de verano en el Centro en el que trabajo. Bueno, lo de campamentos es un decir eslovaco, claro. Los padres sueltan a los niños a las 8, nosotros lidiamos con ellos hasta las 4 y a dormir con mamá.
Hoy ha sido el primer día. Los niños que van llegando. El papeleo. El típico padre rezagado. Y luego las dinámicas de presentación. Juego va, juego viene.
Como somos cuatro "adultos" (lo entrecomillo porque yo me siento más niña que los niños) pues hemos hecho cuatro grupos. A mí me han tocado 5 niños: dos peleándose entre ellos en plan broma, un culillo mal asiento, uno un poco más mayor y el niño marginado sin amigos. A este último ha habido un niño de otro grupo desde las 9 de la mañana yendo detrás de él para pegarle. La verdad es que el niño pegón me ha aguado un poco el día porque además de pegarle a este se ha dedicado a chinchar a las niñas y a hacerse el chulito conmigo. Pero bueno, omitamos este episodio.
La verdad es que los niños dan vida, pero te chupan toda la energía vital.
Hoy hemos ido de senderismo. Bus hasta el pueblo de al lado y montañita arriba y montañita abajo hasta llegar a un riachuelo cuyo margen conduce a una pequeña cascadita que se llama Jarabinsko prielom. No hemos tenido ningún percance y al volver ha habido tiempo de jugar en la hierba. Luego ha empezado la tormenta, pero estábamos a buen resguardo y comiendo salchichas. Más juegos. Y bus de vuelta. Y mañana más.
martes, 29 de junio de 2010
Poniendo en valor
Poner en valor. Ésa era la expresión que utilizaba una gran amiga mía (una gran arqueóloga en proyecto, además) cuando hablábamos de patrimonio esta navidad. Me quedé pensando en esa expresión y en la sabiduría que encierra e incluso se la robé en una entrevista que me hicieron.
Estos días he vuelto a recordarla. Y es que me he dado cuenta de que los eslovacos, aunque probablemente no lo sepan, saben hacerlo perfectamente. Poner en valor.
El pueblo en el que yo vivo es pequeño (apenas 16.000 habitantes), aunque aquí sea algo así como una gran urbe. El pueblo en el que yo vivo en sí no es nada del otro mundo: bloques de pisos soviéticos horrorosos, megacasas cerca de chabolas, un par de iglesias de cada confesión (que a una española amante del barroco y que ha dedicado 3 meses de su vida a recorrer Italia de punta a punta no impresionan mucho, la verdad) y poco más. Sin embargo, le sacan un partido estupendo.
Lo que tiene más valor en el pueblo es el castillo (cuya última habitante está profundamente ligada a Sevilla, tal y como os conté recién inaugurado este espacio). El castillo de Stará L’ubovña es uno de los más bonitos que he visto en mi vida y el mejor conservado de todos los que he visitado. Desde arriba contempla al pueblo, majestuoso, como si el tiempo no hubiera pasado por él. Es realmente asombroso. Y, de noche, cuando está iluminado es un espectáculo digno de ver. Yo, dada como soy a imaginaciones inútiles, a menudo reconstruyo en mi mente cómo sería la vida de aquel castillo. Cierro los ojos y me traslado en el tiempo y paso horas inventando historias fantásticas.
Si este castillo estuviese en España, estoy segura de que estaría completamente abandonado. Hace algún tiempo hice la ruta de los castillos de los templarios en Extremadura por recomendación de una amiga. Me fascinaron a la vez que me asombró el que estuvieran totalmente dejados de la mano de Dios. Algún tiempo después, visité algunos castillos de la provincia de Toledo y exactamente igual.
Afortunadamente, esto no es España y aquí miman sus recursos como si se tratara de hijos. Así que si uno tiene un castillo, lo mejor es aprovecharlo.
Con la llegada del buen tiempo, los eslovacos están deseando salir a disfrutar de los pocos rayos de sol que hay (aunque cuando hay, pegan fuerte). Así que en las últimas semanas organizamos la gymkana en el bosque de la que os hablé en otra entrada y un concurso escolar en el castillo. En el concurso había que superar diversas pruebas (desde subir una colina cargado con cubos de agua hasta escalar a lo alto de una de las torres pasando por juegos típicos eslovacos) en las que ibas consiguiendo llaves. Evidentemente, ganaba el que más llaves consiguiese.
Disfruté como una enana (era la fotógrafa oficial del evento y me pasé todo el día dando vueltas por el castillo y hablando con la gente) y me pareció una idea magnífica el aprovechar de esa manera ese lugar tan especial. Además, en la entrega de premios me vestí de princesita y eso siempre alegra.



La semana pasada tuvo lugar una de las actividades más entretenidas de mi estancia aquí. Pivni-pochod se llamaba, algo así como beber-andar. El marco era incomparable: el parque nacional de Pieniny. Pieniny y el Cerveny Clastor están situados junto al río Dunaj que es el que marca la frontera con Polonia. La idea era simple y divertida: 8 kilómetros, por cada kilómetro una cerveza (una cerveza de las de aquí, entiéndase, es decir, medio litro). Una que es abstemia (o hace lo que puede por serlo) se bebió 7 kofolas (la hermana comunista de la Coca-cola) y 1 cerveza. Al llegar a la meta: gulas (una especie de guiso de patatas), concierto de música tradicional al aire libre, tómbola, conciertillo más bailongo y un concierto de jazz en el que la gente bailó muchísimo y que fue precioso. Así que allí estaba yo, Antonia Ceballos, en un parque natural eslovaco escuchando música folk (que me encanta) y pensando en lo del valor y en lo afortunada y feliz que era. Tan contenta estaba que pensé que sólo por disfrutar de aquel día merecía la pena haber acabado aquí (aunque no esté haciendo periodismo, con lo que me agobia, jeje).

Y este finde, ha sido el finde mágico. El viernes celebramos San Juan con un poquillo de retraso, pero a lo grande. La fiesta era en el “campamento histórico”, una recreación de un campamento militar medieval. Primero, una comedia de enredo divertidísima, muy bella y muy poética. Después, los actores le prendieron fuego a la hoguera de San Juan. En ella, quemé mentalmente todos los malos rollos (que han sido muchos) de los últimos tiempos.

A continuación, un espectáculo de Danza del vientre en el que acabé completamente enamorada de una de las bailarinas. Pero quedaba lo mejor: los juegos con el fuego. Al principio me resultó lo de siempre. Gente que se pasa el fuego por el cuerpo y se tortura con pinchos y cristales. Pero la cosa empezó a mejorar con otro poquito de Danza del Vientre con ¡velas en la cabeza! Y me terminó de conquistar con una pelea de espadas ¡con fuego! Fue lo más increíble que he visto en mucho tiempo.
Después, amigos, risas, intentos de andar con los palos esos tan típicos de aquí, cantos junto a la hoguera y un muy buen sabor de boca.

El sábado por la noche nos fuimos a lo alto de una colina desde la que se divisaba tooooda Stará Lubovña, Nova Luvobña y el maravilloso castillo. De nuevo, hoguerita, amigos, música, pero la noche me tenía reservado algo muy especial. En un punto, me dice un amigo: ven conmigo. Yo cogidita de su mano lo sigo, vienen también mis compis de piso y mi querida Mirka (a menudo pienso que todo esto vale la pena sólo por haber tenido la suerte de conocerla); no sé a dónde vamos. Llegamos a un árbol. Sube, me dice. Yo: ¿estás loco? Sube. Y subo (no sé decirle que no a un niño guapo). Por segunda vez en mi vida me subo a un árbol. Y él empieza a contar que se trata de un árbol mágico. Y yo empiezo a sentir que tiene razón. El silencio de la noche, seis personas subidas al mismo árbol, el castillo a lo lejos (aunque no se vea) y el viento soplando muy fuerte. Y ese viento en mi cara en aquel árbol mágico me recuerda que estoy misteriosa y milagrosamente viva. Me recuerda que soy libre y que puedo emplear mi libertad en lo que quiera. Me invita a seguir soñando y a renovar mis esperanzas. Y vuelvo a pensar que sólo por ese momento todo merece la pena.
Aquella noche pasé un frío espantoso y por la mañana me quemé la carita con el sol, pero no importa porque me sentí más viva que nunca.


(El árbol mágico es el de la derecha)
Estos días he vuelto a recordarla. Y es que me he dado cuenta de que los eslovacos, aunque probablemente no lo sepan, saben hacerlo perfectamente. Poner en valor.
El pueblo en el que yo vivo es pequeño (apenas 16.000 habitantes), aunque aquí sea algo así como una gran urbe. El pueblo en el que yo vivo en sí no es nada del otro mundo: bloques de pisos soviéticos horrorosos, megacasas cerca de chabolas, un par de iglesias de cada confesión (que a una española amante del barroco y que ha dedicado 3 meses de su vida a recorrer Italia de punta a punta no impresionan mucho, la verdad) y poco más. Sin embargo, le sacan un partido estupendo.
Lo que tiene más valor en el pueblo es el castillo (cuya última habitante está profundamente ligada a Sevilla, tal y como os conté recién inaugurado este espacio). El castillo de Stará L’ubovña es uno de los más bonitos que he visto en mi vida y el mejor conservado de todos los que he visitado. Desde arriba contempla al pueblo, majestuoso, como si el tiempo no hubiera pasado por él. Es realmente asombroso. Y, de noche, cuando está iluminado es un espectáculo digno de ver. Yo, dada como soy a imaginaciones inútiles, a menudo reconstruyo en mi mente cómo sería la vida de aquel castillo. Cierro los ojos y me traslado en el tiempo y paso horas inventando historias fantásticas.
Si este castillo estuviese en España, estoy segura de que estaría completamente abandonado. Hace algún tiempo hice la ruta de los castillos de los templarios en Extremadura por recomendación de una amiga. Me fascinaron a la vez que me asombró el que estuvieran totalmente dejados de la mano de Dios. Algún tiempo después, visité algunos castillos de la provincia de Toledo y exactamente igual.
Afortunadamente, esto no es España y aquí miman sus recursos como si se tratara de hijos. Así que si uno tiene un castillo, lo mejor es aprovecharlo.
Con la llegada del buen tiempo, los eslovacos están deseando salir a disfrutar de los pocos rayos de sol que hay (aunque cuando hay, pegan fuerte). Así que en las últimas semanas organizamos la gymkana en el bosque de la que os hablé en otra entrada y un concurso escolar en el castillo. En el concurso había que superar diversas pruebas (desde subir una colina cargado con cubos de agua hasta escalar a lo alto de una de las torres pasando por juegos típicos eslovacos) en las que ibas consiguiendo llaves. Evidentemente, ganaba el que más llaves consiguiese.
Disfruté como una enana (era la fotógrafa oficial del evento y me pasé todo el día dando vueltas por el castillo y hablando con la gente) y me pareció una idea magnífica el aprovechar de esa manera ese lugar tan especial. Además, en la entrega de premios me vestí de princesita y eso siempre alegra.
La semana pasada tuvo lugar una de las actividades más entretenidas de mi estancia aquí. Pivni-pochod se llamaba, algo así como beber-andar. El marco era incomparable: el parque nacional de Pieniny. Pieniny y el Cerveny Clastor están situados junto al río Dunaj que es el que marca la frontera con Polonia. La idea era simple y divertida: 8 kilómetros, por cada kilómetro una cerveza (una cerveza de las de aquí, entiéndase, es decir, medio litro). Una que es abstemia (o hace lo que puede por serlo) se bebió 7 kofolas (la hermana comunista de la Coca-cola) y 1 cerveza. Al llegar a la meta: gulas (una especie de guiso de patatas), concierto de música tradicional al aire libre, tómbola, conciertillo más bailongo y un concierto de jazz en el que la gente bailó muchísimo y que fue precioso. Así que allí estaba yo, Antonia Ceballos, en un parque natural eslovaco escuchando música folk (que me encanta) y pensando en lo del valor y en lo afortunada y feliz que era. Tan contenta estaba que pensé que sólo por disfrutar de aquel día merecía la pena haber acabado aquí (aunque no esté haciendo periodismo, con lo que me agobia, jeje).

Y este finde, ha sido el finde mágico. El viernes celebramos San Juan con un poquillo de retraso, pero a lo grande. La fiesta era en el “campamento histórico”, una recreación de un campamento militar medieval. Primero, una comedia de enredo divertidísima, muy bella y muy poética. Después, los actores le prendieron fuego a la hoguera de San Juan. En ella, quemé mentalmente todos los malos rollos (que han sido muchos) de los últimos tiempos.
A continuación, un espectáculo de Danza del vientre en el que acabé completamente enamorada de una de las bailarinas. Pero quedaba lo mejor: los juegos con el fuego. Al principio me resultó lo de siempre. Gente que se pasa el fuego por el cuerpo y se tortura con pinchos y cristales. Pero la cosa empezó a mejorar con otro poquito de Danza del Vientre con ¡velas en la cabeza! Y me terminó de conquistar con una pelea de espadas ¡con fuego! Fue lo más increíble que he visto en mucho tiempo.
Después, amigos, risas, intentos de andar con los palos esos tan típicos de aquí, cantos junto a la hoguera y un muy buen sabor de boca.
El sábado por la noche nos fuimos a lo alto de una colina desde la que se divisaba tooooda Stará Lubovña, Nova Luvobña y el maravilloso castillo. De nuevo, hoguerita, amigos, música, pero la noche me tenía reservado algo muy especial. En un punto, me dice un amigo: ven conmigo. Yo cogidita de su mano lo sigo, vienen también mis compis de piso y mi querida Mirka (a menudo pienso que todo esto vale la pena sólo por haber tenido la suerte de conocerla); no sé a dónde vamos. Llegamos a un árbol. Sube, me dice. Yo: ¿estás loco? Sube. Y subo (no sé decirle que no a un niño guapo). Por segunda vez en mi vida me subo a un árbol. Y él empieza a contar que se trata de un árbol mágico. Y yo empiezo a sentir que tiene razón. El silencio de la noche, seis personas subidas al mismo árbol, el castillo a lo lejos (aunque no se vea) y el viento soplando muy fuerte. Y ese viento en mi cara en aquel árbol mágico me recuerda que estoy misteriosa y milagrosamente viva. Me recuerda que soy libre y que puedo emplear mi libertad en lo que quiera. Me invita a seguir soñando y a renovar mis esperanzas. Y vuelvo a pensar que sólo por ese momento todo merece la pena.
Aquella noche pasé un frío espantoso y por la mañana me quemé la carita con el sol, pero no importa porque me sentí más viva que nunca.
(El árbol mágico es el de la derecha)
martes, 8 de junio de 2010
Después de la tormenta, ¿viene la calma?
Después de las inundaciones del viernes y de quedarnos aislados en casa y de no tener agua ni Internet durante dos días, parecía que todo volvía a la normalidad. El sábado la gente trabajó duro para reparar el estropicio. Por la tarde, ya podíamos cruzar sin tener que mojarnos los pies. Hacía un sol esplendoroso. El domingo también hizo un día estupendo, tanto que me puse manga corta sin llevar chaqueta. Ayer fue un bonito día: solecito, reunión, ejercicio y, por la noche, clases de español a la luz de una vela sentada en una terraza disfrutando del buen tiempo.
Hoy ha amanecido un día precioso. Muy cálido. La gente iba por la calle en pantalones cortos e incluso he visto a una chica que llevaba bikini. Parecía el día perfecto para nuestra gymkhana por el bosque. Todo ha empezado bien. Paseíto hasta el centro. Un poco de charla (me han regalado un abrigo precioso que además de encantarme me ha puesto muy contenta). Cargar las cosas en la furgoneta. Subir al castillo. Almuerzo en el restaurante que hay junto al castillo. Una sopa de ajo, son sus migas de pan y su queso de oveja, de entrante. Pollo picante de segundo. No puedo comer más. ¡Y a trabajar! Este es tu puesto. Tienes que controlar que los carteles estén en su sitio. Luego te escapas a hacer unas fotos.
Los niños que no vienen. Yo que busco un papel como loca. Lo encuentro y empiezo a darle forma a una de mis historias. Los primeros niños: tú (“aquí” en eslovaco). Mi historia. Algunas fotos. Y después…
El cielo se nubla y empieza a chispear. Uy, uy, uy, va a llover; pienso (como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo). Así que decido ir a hacer fotos en los otros puntos del recorrido antes de que se desencadene la lluvia. Primero, me pierdo. Vuelvo sobre mis pasos y empiezo a ascender por entre un camino bastante enfangado y demasiado ascendente para mis kilos de más. Niños que corren. Alguna foto (no sé si alguna buena). Llego a otro punto de la gymkhana. La cosa iba de hacer nudos. Unas fotillos. Siguiente punto: orientación. Algunas fotos más (pésimas, el cielo se ha encapotado tanto que con esa luz no me sale nada). Chispea. Vuelvo al “refugio”. Y se desata la guerra, quiero decir, la tormenta.
Así que estoy yo, en mitad del bosque eslovaco, en medio de la tormenta más impresionante que he visto en mi vida. Al principio, bien. Al menos, no me ha pillado sola en medio de la nada, estoy con mi monitora, y tenemos un refugio. Lo divertido, nótese la ironía, es cuando llueve tan tan fuerte que el refugio no refugia nada y empieza a colarse el agua por todos los rincones. Y los rayos y los truenos son cada vez más intensos. Decido tomármelo con filosofía y disfrutar, aunque totalmente empapada, de lo hermoso de la lluvia y del olor del campo. Escampa un poco. Vamos hacia el refugio de los nudos, que era un poco mejor. El camino estaba empapado. Me llega el agua a media pierna. Unas risas, jiji, jaja. Escampa otro poco y nos dirigimos hacia el punto inicial de la gymkhana. Allí está la directora con el coche del Centro. Así que después de que me den mi zumito y mi dulce de jengibre por campeona, nos montamos en el coche y al fin llegamos a casa. ¡Qué maravilla estar sequita después de calarse hasta los huesos!
Hoy ha amanecido un día precioso. Muy cálido. La gente iba por la calle en pantalones cortos e incluso he visto a una chica que llevaba bikini. Parecía el día perfecto para nuestra gymkhana por el bosque. Todo ha empezado bien. Paseíto hasta el centro. Un poco de charla (me han regalado un abrigo precioso que además de encantarme me ha puesto muy contenta). Cargar las cosas en la furgoneta. Subir al castillo. Almuerzo en el restaurante que hay junto al castillo. Una sopa de ajo, son sus migas de pan y su queso de oveja, de entrante. Pollo picante de segundo. No puedo comer más. ¡Y a trabajar! Este es tu puesto. Tienes que controlar que los carteles estén en su sitio. Luego te escapas a hacer unas fotos.
Los niños que no vienen. Yo que busco un papel como loca. Lo encuentro y empiezo a darle forma a una de mis historias. Los primeros niños: tú (“aquí” en eslovaco). Mi historia. Algunas fotos. Y después…
El cielo se nubla y empieza a chispear. Uy, uy, uy, va a llover; pienso (como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo). Así que decido ir a hacer fotos en los otros puntos del recorrido antes de que se desencadene la lluvia. Primero, me pierdo. Vuelvo sobre mis pasos y empiezo a ascender por entre un camino bastante enfangado y demasiado ascendente para mis kilos de más. Niños que corren. Alguna foto (no sé si alguna buena). Llego a otro punto de la gymkhana. La cosa iba de hacer nudos. Unas fotillos. Siguiente punto: orientación. Algunas fotos más (pésimas, el cielo se ha encapotado tanto que con esa luz no me sale nada). Chispea. Vuelvo al “refugio”. Y se desata la guerra, quiero decir, la tormenta.
Así que estoy yo, en mitad del bosque eslovaco, en medio de la tormenta más impresionante que he visto en mi vida. Al principio, bien. Al menos, no me ha pillado sola en medio de la nada, estoy con mi monitora, y tenemos un refugio. Lo divertido, nótese la ironía, es cuando llueve tan tan fuerte que el refugio no refugia nada y empieza a colarse el agua por todos los rincones. Y los rayos y los truenos son cada vez más intensos. Decido tomármelo con filosofía y disfrutar, aunque totalmente empapada, de lo hermoso de la lluvia y del olor del campo. Escampa un poco. Vamos hacia el refugio de los nudos, que era un poco mejor. El camino estaba empapado. Me llega el agua a media pierna. Unas risas, jiji, jaja. Escampa otro poco y nos dirigimos hacia el punto inicial de la gymkhana. Allí está la directora con el coche del Centro. Así que después de que me den mi zumito y mi dulce de jengibre por campeona, nos montamos en el coche y al fin llegamos a casa. ¡Qué maravilla estar sequita después de calarse hasta los huesos!
martes, 1 de junio de 2010
Underground
En otras ocasiones os he hablado de las condiciones en las que viven los gitanos en Eslovaquia. La situación es tan alarmante que Amnistía Internacional ha denunciado en varias ocasiones las condiciones en las que vive esta comunidad y las trabas que encuentran los niños para acceder a la educación formal (a menudo relegados a escuelas para niños con discapacidad). En España, al menos el flamenco es una vía de escape y millones de personas admiran a ilustres gitanos: Lola Flores o Camarón, son algunos ejemplos. Aquí ni siquiera tienen esa oportunidad.
La gente más normal y simpática de Eslovaquia se transforma cuando habla de los gitanos. El colega del bar, muy alternativo, de repente te dice que no son capaces de hacer nada, que no saben integrarse, etc. O descubres una mirada de asco y de desprecio en la señora superdulce con la que compartes multitud de complicidades. Yo, mea culpa, soy cobarde y callo lo que pienso de verdad.
Desde que llegué he querido acercarme a la comunidad gitana, saber cómo viven y cómo sienten ellos esta situación, pero no he sabido hacerlo. Miedos, prejuicios, no sé.
Pero en las últimas semanas he logrado un miniacercamiento que me ha hecho confirmar algunas intuiciones y aprender bastantes cosas.
En las últimas semanas, mi grupo de español de los miércoles ha sido inexistente, así que aprovechando mi tiempo libre me he colado en el “Roma club”, que es la única actividad que tiene mi centro para estos niños (que son muchos y andan bastante necesitados de cosas que los motiven). Los chavales estaban preparando un concurso (Roma Talent) de baile. Y os prometo que esos niños tienen un don. La música es algo innato en ellos. El ritmo, la improvisación. Absolutamente fascinante. Durante esas horas los he observado muchísimo y me he preguntado constantemente cómo sería ser un adolescente gitano en un medio tan hostil como este.
La adolescencia es un período muy difícil. No entiendes nada. No sabes nada y crees que lo sabes todo. Tu “yo” está en constante lucha con los “yos” ajenos. Y eso se tiene que multiplicar por mil cuando tu “yo” se inserta en una comunidad que la comunidad mayoritaria odia (o, si el verbo odiar os parece muy fuerte, desprecia). Durante esas semanas no podía dejar de mirar a esos chavales con fascinación, “y sin embargo se mueve”, que diría Galileo.
Hace un par de semanas hubo una muestra de baile en la casa de la cultura con grupos de diversas escuelas. Uno de los grupos del Roma Club también bailaba, pero les falló el CD. Yo, en esa situación, me habría puesto histérica y a llorar como una loca por lo mal que me sale todo. Ellos, hablaron con otro colega que andaba por allí, pusieron otra canción (cuyo ritmo no pegaba mucho con la coreografía que tenían preparada), hicieron lo que pudieron y bailaron con otros chavales que había por allí. Ese sentido de comunidad, de buscar soluciones, de improvisar ante las dificultades y de no achantarse por nada del mundo me pareció fascinante. Absolutamente grandioso y de un potencial estupendo, pero desgraciadamente desperdiciado.
Me fui a casa dándole vueltas a estas cosas, que aquí no puedo compartir con nadie porque la lógica del “ellos” y “nosotros” lo supera todo.
A la semana siguiente, tuvimos el Roma Talent. Fui miembro del jurado y disfruté como una enana.
Después de eso, el destino me llevó a Krupina. Teníamos una especie de día internacional, con voluntarios de distintos países. Por la tarde, cuando estábamos preparando nuestra cena internacional, llegó la directora del centro y nos invitó a ver bailar a un grupo de gitanos. Flipé. Fue algo prodigioso, una especie de revelación. De repente, me sentí protagonista en una peli de Kusturica.
Estos mismos chavales tenían una exhibición aquella misma tarde. Por supuesto, fui encantada. Mientras bailaban descubrí que uno de ellos tenía audífono. Dios, pensé, está sordo y mira cómo baila. Seguí disfrutando de aquella maravilla y me fijé en otro chaval: ¡también llevaba audífono! ¡Estos niños son geniales! ¿Cómo se puede tener ese sentido del ritmo estando sordo? Yo oigo perfectamente y no soy capaz ni de tocar las palmas.
Una vez más me quedé fascinada por las ganas de superarse de esta gente.
La noche la compartí con el profe de los niños (también gitano) y me contó que otro de los niños también está sordo, aunque no lleve audífono. No podía dar crédito.
Así que ahora preparo un reportaje sobre este grupo de baile tan estupendo. Ellos quieren ir a España. A mí me gustaría ayudarles, así que algo inventaré. Supongo que siempre hay alguien que conoce a alguien, etc.
De momento, os dejo un vídeo para que disfrutéis un poco de su arte.
La gente más normal y simpática de Eslovaquia se transforma cuando habla de los gitanos. El colega del bar, muy alternativo, de repente te dice que no son capaces de hacer nada, que no saben integrarse, etc. O descubres una mirada de asco y de desprecio en la señora superdulce con la que compartes multitud de complicidades. Yo, mea culpa, soy cobarde y callo lo que pienso de verdad.
Desde que llegué he querido acercarme a la comunidad gitana, saber cómo viven y cómo sienten ellos esta situación, pero no he sabido hacerlo. Miedos, prejuicios, no sé.
Pero en las últimas semanas he logrado un miniacercamiento que me ha hecho confirmar algunas intuiciones y aprender bastantes cosas.
En las últimas semanas, mi grupo de español de los miércoles ha sido inexistente, así que aprovechando mi tiempo libre me he colado en el “Roma club”, que es la única actividad que tiene mi centro para estos niños (que son muchos y andan bastante necesitados de cosas que los motiven). Los chavales estaban preparando un concurso (Roma Talent) de baile. Y os prometo que esos niños tienen un don. La música es algo innato en ellos. El ritmo, la improvisación. Absolutamente fascinante. Durante esas horas los he observado muchísimo y me he preguntado constantemente cómo sería ser un adolescente gitano en un medio tan hostil como este.
La adolescencia es un período muy difícil. No entiendes nada. No sabes nada y crees que lo sabes todo. Tu “yo” está en constante lucha con los “yos” ajenos. Y eso se tiene que multiplicar por mil cuando tu “yo” se inserta en una comunidad que la comunidad mayoritaria odia (o, si el verbo odiar os parece muy fuerte, desprecia). Durante esas semanas no podía dejar de mirar a esos chavales con fascinación, “y sin embargo se mueve”, que diría Galileo.
Hace un par de semanas hubo una muestra de baile en la casa de la cultura con grupos de diversas escuelas. Uno de los grupos del Roma Club también bailaba, pero les falló el CD. Yo, en esa situación, me habría puesto histérica y a llorar como una loca por lo mal que me sale todo. Ellos, hablaron con otro colega que andaba por allí, pusieron otra canción (cuyo ritmo no pegaba mucho con la coreografía que tenían preparada), hicieron lo que pudieron y bailaron con otros chavales que había por allí. Ese sentido de comunidad, de buscar soluciones, de improvisar ante las dificultades y de no achantarse por nada del mundo me pareció fascinante. Absolutamente grandioso y de un potencial estupendo, pero desgraciadamente desperdiciado.
Me fui a casa dándole vueltas a estas cosas, que aquí no puedo compartir con nadie porque la lógica del “ellos” y “nosotros” lo supera todo.
A la semana siguiente, tuvimos el Roma Talent. Fui miembro del jurado y disfruté como una enana.
Después de eso, el destino me llevó a Krupina. Teníamos una especie de día internacional, con voluntarios de distintos países. Por la tarde, cuando estábamos preparando nuestra cena internacional, llegó la directora del centro y nos invitó a ver bailar a un grupo de gitanos. Flipé. Fue algo prodigioso, una especie de revelación. De repente, me sentí protagonista en una peli de Kusturica.
Estos mismos chavales tenían una exhibición aquella misma tarde. Por supuesto, fui encantada. Mientras bailaban descubrí que uno de ellos tenía audífono. Dios, pensé, está sordo y mira cómo baila. Seguí disfrutando de aquella maravilla y me fijé en otro chaval: ¡también llevaba audífono! ¡Estos niños son geniales! ¿Cómo se puede tener ese sentido del ritmo estando sordo? Yo oigo perfectamente y no soy capaz ni de tocar las palmas.
Una vez más me quedé fascinada por las ganas de superarse de esta gente.
La noche la compartí con el profe de los niños (también gitano) y me contó que otro de los niños también está sordo, aunque no lleve audífono. No podía dar crédito.
Así que ahora preparo un reportaje sobre este grupo de baile tan estupendo. Ellos quieren ir a España. A mí me gustaría ayudarles, así que algo inventaré. Supongo que siempre hay alguien que conoce a alguien, etc.
De momento, os dejo un vídeo para que disfrutéis un poco de su arte.
lunes, 15 de febrero de 2010
Karnevale na l’ade
Las tardes de domingo son para la nostalgia. Son tardes de sofá, manta y llorar viendo una película romántica (sobre todo si se trata de la dichosa tarde de domingo del dichoso día de los enamorados y a ti te pilla sin partenaire y pensando en todos los ramos de rosas que nunca recibiste). Pero hay veces en las que cambiar el guión viene bien.
Así que ayer cambié la nostalgia por una alegría sincera, infinita. El centro en el que trabajo organizó una fiesta de carnaval ¡sobre hielo! Al principio, insegura y cascarrabias como soy, la idea no me agradaba mucho. La tarde del domingo, con el trabajo que tengo pendiente, el día de los enamorados, que no me apetece ver a nadie, sobre hielo, con lo torpe que soy, ¡qué fastidio!
A las 11 y media me tomé una sopa y, ala, al carnaval. Estuve dudando acerca de si ponerme o no los patines. Pero al final pudo mi instinto curioso. Me los puse, empecé a dar los primeros pasos con ayuda y poco a poco me fui soltando. Et voilà! Para ser la primera vez no lo hice nada mal. ¡No me caí ni una sola vez! Aunque faltó muy poco en más de una ocasión. Y a medida que “progresaba” con los patines me sentía más y más contenta.
Luego empezaron a llegar los niños con sus disfraces. Aquello tenía sabor del carnaval de siempre. Trajes hechos con cartón, fregonas, trapos viejos, bolsas de basura, ¡cualquier cosa vale! Entonces recordé cuando la gente en lugar de comprar sofisticados disfraces cogía un par de sábanas viejas, las pintarrajeaban y se dedicaban (de dos en dos) a asustar a los lugareños (de mi pueblo, claro, estoy hablando de recuerdos antiguos). Y de mi disfraz de reloj hecho con dos cartones, o el de manzanita que me cosió mi madre sin hueco para los brazos y con el que tuve que estar toda la cabalgata con los brazos dentro (hace poco, recordé este suceso, y ella alegó que eran instrucciones de la maestra; pero a mí no me engaña, que yo era la única sin brazos en aquel carnaval, jeje). Y los disfraces de “cíngara” que improvisaba mi hermana con una falda vieja que tenía y no usaba y que acabé heredando y usando bastante a menudo como atuendo ordinario.
Pensándolo bien, sí que consagré mi tarde a la nostalgia, pero de otro tipo. Mucho más constructiva y sanadora. Patiné, bailé y disfruté con los enanos eslovacos como si fuese una más de ellas. Y pensé que a lo mejor al mundo le queda alguna razón para la esperanza, ¿quién sabe?
Así que ayer cambié la nostalgia por una alegría sincera, infinita. El centro en el que trabajo organizó una fiesta de carnaval ¡sobre hielo! Al principio, insegura y cascarrabias como soy, la idea no me agradaba mucho. La tarde del domingo, con el trabajo que tengo pendiente, el día de los enamorados, que no me apetece ver a nadie, sobre hielo, con lo torpe que soy, ¡qué fastidio!
A las 11 y media me tomé una sopa y, ala, al carnaval. Estuve dudando acerca de si ponerme o no los patines. Pero al final pudo mi instinto curioso. Me los puse, empecé a dar los primeros pasos con ayuda y poco a poco me fui soltando. Et voilà! Para ser la primera vez no lo hice nada mal. ¡No me caí ni una sola vez! Aunque faltó muy poco en más de una ocasión. Y a medida que “progresaba” con los patines me sentía más y más contenta.
Luego empezaron a llegar los niños con sus disfraces. Aquello tenía sabor del carnaval de siempre. Trajes hechos con cartón, fregonas, trapos viejos, bolsas de basura, ¡cualquier cosa vale! Entonces recordé cuando la gente en lugar de comprar sofisticados disfraces cogía un par de sábanas viejas, las pintarrajeaban y se dedicaban (de dos en dos) a asustar a los lugareños (de mi pueblo, claro, estoy hablando de recuerdos antiguos). Y de mi disfraz de reloj hecho con dos cartones, o el de manzanita que me cosió mi madre sin hueco para los brazos y con el que tuve que estar toda la cabalgata con los brazos dentro (hace poco, recordé este suceso, y ella alegó que eran instrucciones de la maestra; pero a mí no me engaña, que yo era la única sin brazos en aquel carnaval, jeje). Y los disfraces de “cíngara” que improvisaba mi hermana con una falda vieja que tenía y no usaba y que acabé heredando y usando bastante a menudo como atuendo ordinario.
Pensándolo bien, sí que consagré mi tarde a la nostalgia, pero de otro tipo. Mucho más constructiva y sanadora. Patiné, bailé y disfruté con los enanos eslovacos como si fuese una más de ellas. Y pensé que a lo mejor al mundo le queda alguna razón para la esperanza, ¿quién sabe?
martes, 9 de febrero de 2010
Arte made in Slovakia y otras cosas del montón
Si algo que me sorprende de Stará L’ubovña es su intensa actividad cultural. Raro es el fin de semana que no organizan alguna actividad. La verdad es que nunca pensé que en un sitio tan pequeñito me iba a encontrar tan a gusto e iba a encontrarme con tanta gente afín. Pero, la vida te da sorpresas.
El viernes estuve en la inauguración de una exposición. Es la segunda desde que estoy aquí. La primera eran obras de jóvenes artistas del pueblo y, la verdad, es que quedé bastante impresionada, había cosas bastante buenas.
La exposición era de alumnos de una escuela de arte de un pueblo vecino, Kezmarok. Mis expectativas no eran muy altas (últimamente no espero grandes cosas, así en general) así que la sorpresa fue bastante grata. La exposición era pequeñita, pero muy interesante. Había montajes fotográficos, collages, pinturas y esculturas. Todo muy hermoso y aderezado con una música –en directo- bellísima de fondo.
El viernes estuve en la inauguración de una exposición. Es la segunda desde que estoy aquí. La primera eran obras de jóvenes artistas del pueblo y, la verdad, es que quedé bastante impresionada, había cosas bastante buenas.
La exposición era de alumnos de una escuela de arte de un pueblo vecino, Kezmarok. Mis expectativas no eran muy altas (últimamente no espero grandes cosas, así en general) así que la sorpresa fue bastante grata. La exposición era pequeñita, pero muy interesante. Había montajes fotográficos, collages, pinturas y esculturas. Todo muy hermoso y aderezado con una música –en directo- bellísima de fondo.
Pero una obra llamó mi atención sobre las otras. Se trataba de una pequeña escultura llamada Eva que representaba a una mujer sin rasgos definidos, la cabeza gacha, la espalda encorvada. Era una escultura muy sencilla, pero con un poder hipnotizante. Me hubiera quedado horas admirando cada detalle. Pero, evidentemente, no pudo ser. 
El sábado fuimos a la montaña. Estuvimos un rato andando (hore/dole –arriba/abajo, para el que no sepa eslovaco) entre la nieve (la sensación de mis pies hundidos en la nieve me resultó bastante sorprendente) y al final subimos a lo alto de una colina.
Las vistas eran maravillosas. Y allí estaba yo, subida en una colina eslovaca (cerca de la frontera con Polonia) disfrutando de amigos, un té calentito después del agotador camino y unas vistas increíbles. Y pensé, sólo por este momento vale la pena haber venido a Eslovaquia. Y descubrí que la felicidad puede esconderse en forma de té. 
Después fue a una conferencia sobre cambio climático. Evidentemente, no me enteré de nada, pero fue interesante. Otro té y ¡a bailar! Fuimos a una fiesta reggae y yo bailé como la que más, a pesar de que el reggae no es mi estilo.
El domingo fue un día tranquilo, de trabajo y confidencias en la cocina.
Ayer fui al instituto a hablar de Córdoba. Los chavales se van dos semanas a mi ciudad natal y querían hablar conmigo. La presentación y las preguntas fueron en inglés, pero me pasaron cosas muy curiosas. Del tipo, estoy hablando en inglés y empiezo a hablar conmigo misma en voz alto: “Ako je… po anglicky?, neviem” Todo el mundo riendo y de repente me doy cuenta de que estaba pensando en eslovaco y no en español. O la más “divertida”: “What is the name in English for the animal of the bullfighting?” Y a continuación la que se ríe soy yo: ¡Antonia, bull, cómo va a ser!
Hoy hemos estado Pinar (mi compi turca), Yeghiazar (mi compi armenio) y yo presentando nuestros respectivos países en algo que debe ser un instituto de ESO. La verdad es que las diferencias con España no son muchas: los niños no se callan, tienen las hormonas revueltas y se han hartado de hacernos fotos con el móvil para colgarlas en facebook. Aunque sí me ha llamado la atención el hecho de que ningún niño llevara zapatos de invierno, llevaban calcetines y sandalias; así que supongo que los zapatos los dejaran en algún sitio a la entrada. Pero, sin duda, lo más curioso para mí, es ver a un armenio y una turca hablando de sus respectivos países.
En una comida salió el tema del genocidio armenio y la armenia parecía yo. Yeghiazar es muy correcto y no expresa sus opiniones al respecto. Aunque hoy se ha “vengado” a su modo poniendo un mapa de la Armenia histórica. Pinar dice que no entiende por qué lo encuentro divertido. Tampoco es que lo encuentre divertido me parece curioso y estupendo que lo lleven con tanta normalidad. Me da esperanza en el futuro de las relaciones de ambos países. Aunque después de esa comida también me da por pensar que los turcos nunca reconocerán el genocidio. Cosas de la vida, supongo.
Y esta tarde, peli (The Tibetan Book of Deads; una coproducción de Cánada, Francia y Japón de 1994, dirigida por David Verrall, Hiroaki Mori y Yukari Hayashi, a la que presta su voz Leonard Cohen) en la tetería.
¿Os he dicho ya que me encanta Eslovaquia?
El sábado fuimos a la montaña. Estuvimos un rato andando (hore/dole –arriba/abajo, para el que no sepa eslovaco) entre la nieve (la sensación de mis pies hundidos en la nieve me resultó bastante sorprendente) y al final subimos a lo alto de una colina.
Las vistas eran maravillosas. Y allí estaba yo, subida en una colina eslovaca (cerca de la frontera con Polonia) disfrutando de amigos, un té calentito después del agotador camino y unas vistas increíbles. Y pensé, sólo por este momento vale la pena haber venido a Eslovaquia. Y descubrí que la felicidad puede esconderse en forma de té. 
Después fue a una conferencia sobre cambio climático. Evidentemente, no me enteré de nada, pero fue interesante. Otro té y ¡a bailar! Fuimos a una fiesta reggae y yo bailé como la que más, a pesar de que el reggae no es mi estilo.
El domingo fue un día tranquilo, de trabajo y confidencias en la cocina.
Ayer fui al instituto a hablar de Córdoba. Los chavales se van dos semanas a mi ciudad natal y querían hablar conmigo. La presentación y las preguntas fueron en inglés, pero me pasaron cosas muy curiosas. Del tipo, estoy hablando en inglés y empiezo a hablar conmigo misma en voz alto: “Ako je… po anglicky?, neviem” Todo el mundo riendo y de repente me doy cuenta de que estaba pensando en eslovaco y no en español. O la más “divertida”: “What is the name in English for the animal of the bullfighting?” Y a continuación la que se ríe soy yo: ¡Antonia, bull, cómo va a ser!
Hoy hemos estado Pinar (mi compi turca), Yeghiazar (mi compi armenio) y yo presentando nuestros respectivos países en algo que debe ser un instituto de ESO. La verdad es que las diferencias con España no son muchas: los niños no se callan, tienen las hormonas revueltas y se han hartado de hacernos fotos con el móvil para colgarlas en facebook. Aunque sí me ha llamado la atención el hecho de que ningún niño llevara zapatos de invierno, llevaban calcetines y sandalias; así que supongo que los zapatos los dejaran en algún sitio a la entrada. Pero, sin duda, lo más curioso para mí, es ver a un armenio y una turca hablando de sus respectivos países.
En una comida salió el tema del genocidio armenio y la armenia parecía yo. Yeghiazar es muy correcto y no expresa sus opiniones al respecto. Aunque hoy se ha “vengado” a su modo poniendo un mapa de la Armenia histórica. Pinar dice que no entiende por qué lo encuentro divertido. Tampoco es que lo encuentre divertido me parece curioso y estupendo que lo lleven con tanta normalidad. Me da esperanza en el futuro de las relaciones de ambos países. Aunque después de esa comida también me da por pensar que los turcos nunca reconocerán el genocidio. Cosas de la vida, supongo.
Y esta tarde, peli (The Tibetan Book of Deads; una coproducción de Cánada, Francia y Japón de 1994, dirigida por David Verrall, Hiroaki Mori y Yukari Hayashi, a la que presta su voz Leonard Cohen) en la tetería.
¿Os he dicho ya que me encanta Eslovaquia?
sábado, 12 de diciembre de 2009
Mi vida en Eslovaquia
Al fin encuentro un hueco para sentarme a escribir lentamente. Y es que estas semanas han sido muy moviditas y la mar de interesantes. Pensaba que el tedio iba a durar eternamente, pero afortunadamente no ha sido así. La verdad es que después de pasarme todo el verano en Adamuz intentando (vanamente) sacarme el carnet del coche, necesitaba algo de actividad cultural. La cosa empezó hace tres semanas con la inauguración de una exposición de arte (que, cateta de mí, he aprendido que a este tipo de actos se les llama “vernissage”, también en castellano, aunque al principio me emperrara en que no). La cosa, ya se pueden imaginar, copas de vino y comida por doquier; aunque también había té para los más sanotes (la verdad es que estoy sorprendida con la cantidad de té que ingieren aquí). Primero hubo una actuación musical y después la presentación de los artistas. Todo muy íntimo y familiar, a la par que bastante interesante. La verdad es que me quedé sorprendida con la calidad de algunas obras. Todas eran de chavales jóvenes del pueblo lo que le da más valor aún. Toda una delicia. Además, después tuvimos celebración cumpleañera, así que la mar de bien. 
El viernes siguiente por la mañana hubo un concurso de música típica eslovaca. Por la tarde empezó el festival de cine. A falta del de Sevilla… Y allí estaba yo, sin entender ni una palabra de eslovaco, en un festival de cine sobre escalada. Sí, sí, sobre escalada. Lo bueno del poder audiovisual es que una imagen vale más que mil palabras. La verdad es que era bastante alucinante las cosas que hace la peña. Yo todavía estoy traumatizada con las tiendas que montan en mitad de la roca cuando les llega la noche. Daba miedo y vértigo. Una de las pelis estaba subtitulada en inglés y estuvo bastante bien porque por una vez en dos días me pude reír sabiendo de qué me reía. Además de las pelis, el sábado a mediodía un chaval del pueblo nos estuvo contando y enseñando las fotos y los vídeos de su expedición al Himalaya. Muy flipante, aunque lo más flipante de todo era cómo se abrió el brazo completamente en mitad de una montaña colgado de una cuerda. Un marrón, vamos. Aún sigo preguntándome qué empuja a la gente a arriesgar su vida de esa manera por nada, ¿placer? Aún me pregunto qué placer hay en pasar hambre, frío y en estar al borde de la muerte a cada segundo. Pero, bueno, desde el asiento del cine ni tan mal.
La semana pasada recogimos alimentos para la gente necesitada y el viernes celebramos San Nicolás (Mikulass). A los niños eslovacos les deja los regalos un obispo de barba blanca en los zapatos que depositan en la ventana la noche del 5 de diciembre. Así que tuvimos cabalgata, encendido de luces navideñas y gymkhana en la fría noche eslovaca. Después, para entrar en calor, slivovica en un bar de esos a los que una va como ultimísima opción. La verdad es que fue muy divertido. Mikulass me dejó una bolsa cargada de chocolatinas y fruta y el ¡libro-disco de Sabina! La magia de la navidad.
El viernes siguiente por la mañana hubo un concurso de música típica eslovaca. Por la tarde empezó el festival de cine. A falta del de Sevilla… Y allí estaba yo, sin entender ni una palabra de eslovaco, en un festival de cine sobre escalada. Sí, sí, sobre escalada. Lo bueno del poder audiovisual es que una imagen vale más que mil palabras. La verdad es que era bastante alucinante las cosas que hace la peña. Yo todavía estoy traumatizada con las tiendas que montan en mitad de la roca cuando les llega la noche. Daba miedo y vértigo. Una de las pelis estaba subtitulada en inglés y estuvo bastante bien porque por una vez en dos días me pude reír sabiendo de qué me reía. Además de las pelis, el sábado a mediodía un chaval del pueblo nos estuvo contando y enseñando las fotos y los vídeos de su expedición al Himalaya. Muy flipante, aunque lo más flipante de todo era cómo se abrió el brazo completamente en mitad de una montaña colgado de una cuerda. Un marrón, vamos. Aún sigo preguntándome qué empuja a la gente a arriesgar su vida de esa manera por nada, ¿placer? Aún me pregunto qué placer hay en pasar hambre, frío y en estar al borde de la muerte a cada segundo. Pero, bueno, desde el asiento del cine ni tan mal.
La semana pasada recogimos alimentos para la gente necesitada y el viernes celebramos San Nicolás (Mikulass). A los niños eslovacos les deja los regalos un obispo de barba blanca en los zapatos que depositan en la ventana la noche del 5 de diciembre. Así que tuvimos cabalgata, encendido de luces navideñas y gymkhana en la fría noche eslovaca. Después, para entrar en calor, slivovica en un bar de esos a los que una va como ultimísima opción. La verdad es que fue muy divertido. Mikulass me dejó una bolsa cargada de chocolatinas y fruta y el ¡libro-disco de Sabina! La magia de la navidad.
El sábado tuvimos la presentación de nuestros países. ¿Cómo explicar España en eslovaco? Con lo complicado que es hacerlo en español. Al final, opté por poner cuatro fotos por comunidad autónoma. Al principio había preparado una presentación histórica. Pero eso era infumable así de pronto y sin anestesia. El resultado (mi acento andaluz hablando eslovaco) lo podéis ver en youtube. http://www.youtube.com/watch?v=ZECIVvDIItQ
Y ayer: fiestecita. El día de los voluntarios. Presentación de las actividades del centro. Comidita típica eslovaca (cómo me gustan los pirohy). Slivovica. Juegos en grupo. Charlas. Y baile, mucho baile. ¡Qué manera de bailar tienen estos eslovacos! Y venga a dar vueltas y más vueltas, y rápido y más rápido. Qué mareo. Ahora eso sí, dar vueltas agarrada de un chaval guapo no tiene precio. Hacía muuuuuuucho tiempo que no bailaba tanto. Divertidísimo.
La semana que viene voy a Terchova (a hacer el “arriving training”) cinco días con los otros voluntarios que hay en Eslovaquia, excursión a la montaña incluída. La cosa promete. El sábado tenemos fiesta de navidad en CVC (mi organización). Y el domingo para España.
Así que ya os contaré.
Y ayer: fiestecita. El día de los voluntarios. Presentación de las actividades del centro. Comidita típica eslovaca (cómo me gustan los pirohy). Slivovica. Juegos en grupo. Charlas. Y baile, mucho baile. ¡Qué manera de bailar tienen estos eslovacos! Y venga a dar vueltas y más vueltas, y rápido y más rápido. Qué mareo. Ahora eso sí, dar vueltas agarrada de un chaval guapo no tiene precio. Hacía muuuuuuucho tiempo que no bailaba tanto. Divertidísimo.
La semana que viene voy a Terchova (a hacer el “arriving training”) cinco días con los otros voluntarios que hay en Eslovaquia, excursión a la montaña incluída. La cosa promete. El sábado tenemos fiesta de navidad en CVC (mi organización). Y el domingo para España.
Así que ya os contaré.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Ale, preco?
6 de la tarde. Clase de eslovaco con la nueva profesora. Una taza de té caliente por delante. Y el tema del día: el colegio. En gramática estudiamos el acusativo y en vocabulario nos toca aprender los nombres de las asignaturas, las partes del colegio, etc. Ejercicio práctico: horario de clase, mirarlo y decir qué día de la semana hay que estudiar cada asignatura. Pero: ¿qué es esto? Como mi conocimiento de eslovaco aún es bastante limitado, no sé si estoy entendiendo bien, lo releo, sí, no puede ser otra cosa, pero no puede ser. Tercera lectura y expresión en voz alta de mis dudas: telesná výchova chlapci is “physical education for boys” and telesná výchova dievcatá is “physical education for girls”? Áno, es la respuesta (que, aunque en español suene un tanto obsceno, en eslovaco significa sí). Really? La profesora me mira con cara de “claro”. Y yo abro los ojos como platos: “Ale, preco?” (pero, ¿por qué?). You know, we were a soviet country. Pero allí está mi armenio: “in Armenia we do physical education together, both girls and boys”. “Also in Turkey”, responde mi turca. Luego, si en Armenia hacen gimnasia juntos, el problema no es soviético. Hum. Esto hay que investigarlo. De repente, un chaval que estaba por allí dice: sí, mi madre es pedagoga y es por las características físicas. No tienen las mismas capacidades físicas y no pueden hacer las mismas cosas. Me pongo a pensar y años de suplicio gimnástico pasan ante mí. Eso es evidente, pero en España tenemos que hacer las mismas cosas, sólo cambia la marca a conseguir. ¿Jugáis al fútbol juntos?, me pregunta. ¡Claro!, respondo yo, ¿qué pregunta es ésa? Seguimos con el eslovaco y me voy a casa muy pensativa.
Me pongo a buscar en Internet cosas acerca del sistema educativo eslovaco. Pero no encuentro nada que satisfaga mi pregunta. ¿Por qué hacen gimnasia separados? Así que no tengo respuesta que ofrecer. Pero sí un descubrimiento mucho más grave, que traspasa la mera anécdota y entra de lleno en el terreno de los derechos humanos.
Como mujer, aún no he decidido si hacer gimnasia separados es o no discriminación. Pero, como persona, me preocupan mucho más los numerosos informes de Amnistía Internacional denunciando la segregación de la población romaní.
Cuando estaba en España, pensaba que mi trabajo aquí sería fundamentalmente con niños gitanos. Primero, porque son un número importante de la población. Y segundo, porque es un colectivo con riesgo potencial de ser segregado. Cuando llegué aquí me encontré con que ninguno de mis alumnos era gitano, pese a que muchos de ellos pululaban por el centro. Supuse que no estaban interesados en el español y no le di más vueltas. Pero hoy, intentando descifrar el enigma de la gimnasia he descubierto que, pese a que el Instituto Estatal de Pedagogía (organismo estatal que coordina a los centros educativos y elabora los curriculos) dice que el analfabetismo se sitúa en un 0.05% (datos de 2006) y pese a que el Informe Pisa sitúe a Eslovaquia entre el puesto 20-21 (también datos de 2006), los alumnos romaníes son sistemáticamente enviados a colegios diseñados para alumnos con discapacidades mentales, sin pruebas previas ni consentimiento paterno. El círculo de marginación se perpetúa así hasta el infinito. La educación en Eslovaquia es obligatoria y los gitanos acceden a ella, pero en desigualdad de condiciones, segregados y con niveles educativos peores que no le permiten acceder a la educación superior ni a un trabajo digno.
Sigo sin entender por qué los niños y las niñas no pueden correr juntos a la misma hora y en el mismo espacio. Pero, al fin he comprendido porqué no tengo alumnos gitanos en la clase de español. Aunque no sé qué hacer con ese conocimiento. ¿Alguna sugerencia?
http://www.amnesty.org/es/news-and-updates/report/slovak-education-system-fails-romani-children-20071114
http://www.amnesty.org/es/appeals-for-action/slovakia-urged-end-segregation-romani-children-special-school-pavlovce-nad-uhom
Me pongo a buscar en Internet cosas acerca del sistema educativo eslovaco. Pero no encuentro nada que satisfaga mi pregunta. ¿Por qué hacen gimnasia separados? Así que no tengo respuesta que ofrecer. Pero sí un descubrimiento mucho más grave, que traspasa la mera anécdota y entra de lleno en el terreno de los derechos humanos.
Como mujer, aún no he decidido si hacer gimnasia separados es o no discriminación. Pero, como persona, me preocupan mucho más los numerosos informes de Amnistía Internacional denunciando la segregación de la población romaní.
Cuando estaba en España, pensaba que mi trabajo aquí sería fundamentalmente con niños gitanos. Primero, porque son un número importante de la población. Y segundo, porque es un colectivo con riesgo potencial de ser segregado. Cuando llegué aquí me encontré con que ninguno de mis alumnos era gitano, pese a que muchos de ellos pululaban por el centro. Supuse que no estaban interesados en el español y no le di más vueltas. Pero hoy, intentando descifrar el enigma de la gimnasia he descubierto que, pese a que el Instituto Estatal de Pedagogía (organismo estatal que coordina a los centros educativos y elabora los curriculos) dice que el analfabetismo se sitúa en un 0.05% (datos de 2006) y pese a que el Informe Pisa sitúe a Eslovaquia entre el puesto 20-21 (también datos de 2006), los alumnos romaníes son sistemáticamente enviados a colegios diseñados para alumnos con discapacidades mentales, sin pruebas previas ni consentimiento paterno. El círculo de marginación se perpetúa así hasta el infinito. La educación en Eslovaquia es obligatoria y los gitanos acceden a ella, pero en desigualdad de condiciones, segregados y con niveles educativos peores que no le permiten acceder a la educación superior ni a un trabajo digno.
Sigo sin entender por qué los niños y las niñas no pueden correr juntos a la misma hora y en el mismo espacio. Pero, al fin he comprendido porqué no tengo alumnos gitanos en la clase de español. Aunque no sé qué hacer con ese conocimiento. ¿Alguna sugerencia?
http://www.amnesty.org/es/news-and-updates/report/slovak-education-system-fails-romani-children-20071114
http://www.amnesty.org/es/appeals-for-action/slovakia-urged-end-segregation-romani-children-special-school-pavlovce-nad-uhom
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